Contra naturaHace diez años yo estaba perdidamente enamorado de un chico guapísimo de Jerez de la Frontera al que apenas conocía. Me lo habían presentado en Colega y casi no había intercambiado ni dos palabras con él. Era el típico chico diez: atractivo, simpático, sencillo, elegante… ¿Cómo no estar enamorado de él, si todos lo estaban? Yo entonces vivía en Sevilla, y un queridísimo amigo sevillano, una de las personas más sabias que he conocido, ante la imposible meta amatoria que yo me había puesto, y prediciendo que me iba a estrellar, me dijo lo siguiente: “mira Rafa, en el mundo homosexual masculino, las cosas son así: el magro con el magro, el lomo con el lomo, y el solomillo con el solomillo…” Es evidente que una buena metáfora vale más que cien libros de autoayuda…, esa frase se me quedó clavada para siempre en la memoria y enseguida me hizo ver que, efectivamente, mi enamoramiento jerezano era más absurdo que platónico, más de quinceañera con el Superpop en la carpeta que de adulto de veintitantos años con la cabeza sobre los hombros. ¿Qué posibilidades tenía alguien tan “lomo” como yo con un chico tan “solomillo” como el muchacho de Jerez? Ninguna, como efectivamente sucedió.

¿Tenía razón mi querido amigo sevillano? ¿En el mundo gay (masculino), los guapos con los guapos y los feos con los feos? ¿Nos importa tanto el aspecto físico hasta el punto de crear una especie de “sociedad de castas” de la belleza de la que hablaba mi amigo? En mi opinión sí, nos importa mucho, mucho más de lo debido, sobre todo entre los más jóvenes (aunque ya sé que no se debe generalizar). Cuando se me pasó aquel absurdo “enamoramiento”, enseguida me di cuenta de que no sabía nada del chico jerezano (ni sus gustos, ni sus aficiones, ni la calidad de su conversación… nada): le tenía idealizado simplemente porque era muy guapo y tenía la más hermosa de las sonrisas: la belleza había actuado como un poderoso imán y a la vez había generado el mito del hombre ideal. Luego pude comprobar, por cierto, que el muchacho objeto de mi idílico amor se magreaba con lubricidad con cuantos chicos aparecían por la sede de Colega, ninguno de ellos “magro” ni “lomo”, todo ellos chicos “solomillo”. ¡Qué razón tenía mi amigo!

Le he oído decir varias veces a una íntima amiga mía, que es psicóloga, que los hombres para el sexo somos muy “visuales”, que la excitación nos llega por la vista, y que las mujeres, en cambio, le dan menos importancia que los hombres al aspecto físico (aunque por supuesto, también se la dan), y que a ellas valoran más que nosotros otras virtudes como la sensibilidad, la inteligencia, el humor, el cariño… He podido contrastar la opinión de mi amiga con la de Vampirella, la sexóloga que tiene un estupendo consultorio en las páginas de EL PAIS. Es normal, pues, por pura matemática, que en la relación entre dos hombres el aspecto visual, el puro aspecto físico, sea más importante que, pongamos, en una relación entre dos mujeres homosexuales o en una relación heterosexual. Ahí tenemos otra prueba lógica más para refrendar la sabia- y acaso dolorosa-, teoría de mi amigo sevillano. Y si se me permite la digresión, el hecho de que las mujeres valoren menos que nosotros algo tan “superficial” como la belleza, confirma lo que yo he pensado siempre: que ellas están un estadio por delante de nosotros en la evolución general de las especies.

¿Cómo abstraerse del poder maléfico de la belleza? ¿Cómo escapar de su tela de araña? No hay manera, la atracción hacia la belleza está en nuestro código genético, en nuestra más primaria y elemental animalidad. Recuerdo una vez, hace tiempo, en el madrileño pub Black&White, en la pista de abajo, que es pequeña y oscura como una catacumba, dos atractivos chicos jóvenes estaban bailando entre la multitud. Estaban solos y no se conocían entre ellos, súbitamente se miraron, y sin mediar palabra se acercaron el uno al otro y empezaron a morrearse como dos seres irracionales. Yo lo observaba todo desde mi atalaya con curiosidad: ¿Cuál fue mi sentimiento entonces?, uno infinitamente más primario y elemental que el de ellos: la envidia. ¿No será que estoy escribiendo esta columna desde el rencor de la fealdad?

Rafael Rodríguez