que_la_razonEl verano pasado, durante un viaje a Oviedo, mi marido y yo contratamos una excursión a los lagos de Covadonga y al Santuario. Además del guía, viajábamos en el monovolumen dos maestras argentinas, dos madrileñas enamoradas de Asturias –una profesora de taichi y la otra masajista- que pretendían hacer un baile ritual en la cima de una colina, un matrimonio valenciano bastante mayor, mi marido y yo. Dado que teníamos que pasar el resto del día con todos ellos, procuramos evitar muestras ostensibles de cariño, aunque al final, entre la actitud que adoptábamos en las fotos, el tamaño de mis gafas de sol y la manera en que empezaron a tratarnos las dos madrileñas, resultó evidente que éramos pareja. Aún así, el ‘encierro’ forzoso aconsejaba discreción, sobre todo cuando la valenciana empezó a hablar de lo católica que era ella y toda su familia. Así que, cuando dijo que sólo hacía dos meses que la habían operado de una cadera, pero que ella, como buena cristiana, soportaba el dolor sin quejarse, me mantuve en silencio. Cuando salió de la cueva y dijo que nos había incluido en sus oraciones, tampoco dije nada. Cuando salió de oír misa en el santuario, agradecida por haber podido hacerlo, y añadió que a ella la comunión diaria le había ayudado a criar sola (¿dónde estaba su marido?) a sus cinco hijos seguí guardando silencio, a pesar de que el cuerpo empezaba a pedirme manifestar mi opinión, pero la verdad es que no había necesidad. Al fin y al cabo la fe de aquella señora no era algo hiriente en sí mismo y hasta ahora había sido educada e incluso ‘maternal’. Total, que pasamos la mayor parte del viaje sin mayores incidencias y sin que ninguno de los excursionistas le pidiera que hablara de otra cosa.

Total, que cuando casi llegábamos a Oviedo, entramos en la Universidad Laboral de Gijón, grandiosa (con más de 270.000 metros cuadrados es el mayor edificio de España) e inacabada obra del franquismo. Como el guía la puso como ejemplo de la ostentación del régimen y a los dos abuelos se les cambió la cara, me atreví a añadir que la ostentación gubernamental ha existido en todas las épocas y que todos los gobiernos –democráticos y despóticos- habían dado muestras de ella. Puse como ejemplo la Expo de Sevilla y –¡ay de mí!-, la Ciudad de las Ciencias de Valencia. Para qué quise más. La dulzura de la señora tornó en aspereza y, encarándose conmigo, me espetó que ‘Zapatero no había puesto un duro para la Ciudad de las Ciencias, que eso lo había pagado todo el Gobierno de Valencia’.

Por desgracia, y según mi experiencia, cuando alguien hace gala de ostentación religiosa, suele ser (aunque no siempre) bastante poco dado a razonar. Por eso me hace gracia que los ultracatólicos hablen de ‘lobby gay’, intentando retratarnos a todos como una especie de ‘arpías’ que nos lanzamos a la yugular al más mínimo e inocente desliz, a la más mínima transgresión de las ‘decenas’ de leyes que nos han convertido en la ‘élite’ de la sociedad.

Lo cierto es que nada más lejos de la realidad. Ni somos ‘lobby’, ni tenemos más influencia que cualquier otro grupo social. Y en cuanto a nuestra supuesta ‘agresividad’ a la hora de hacer respetar nuestros derechos, mi experiencia me dice que la mayoría de nosotros más bien nos callamos mucho. Lo único que ha cambiado es que el partido democráticamente elegido para gobernar, junto con las formaciones que les apoyan, ha decidido –y no entro en los motivos, que serán de distinta índole- dar una serie de pasos para que nuestros derechos se vayan equiparando –lentamente- a los del resto de ciudadanos, y para saber cuáles eran nuestras reivindicaciones han escuchado a las asociaciones LGTB. En esto se basan para hablar de ‘lobby gay’ pero entonces, ¿a quién habrían de preguntar? Es verdad que muchos no pertenecemos a ellas y no secundamos sus actos, pero pasa igual con los sindicatos. ¿También ellos son un ‘lobby’ porque se les incluya en una negociación salarial?

El problema es que el avance en materia de derechos LGTB, y el hecho de que hayan sido sus oponentes políticos los que lo hayan propiciado, les molesta. Por eso se han inventado ese cliché de homosexual ‘intrigante’ e ‘influyente’ que ni ellos mismos se creen. Lo peor es que algunos gays sí que les creen, y apelan a la discreción y a no buscar tres pies al gato, convencidos de que efectivamente somos menos dialogantes que ellos. Y yo os pregunto, imaginad a cualquiera que hubiera formado parte de la excursión de la que os hablaba. ¿Por quién se habría sentido cohibido a la hora de expresar una opinión cualquiera? ¿Por la pareja gay?