que_la_razonDe las muchas frases atribuidas a Bertold Brecht, hay una que sí parece ser suya: «Hay hombres que luchan un día y son buenos, otros luchan un año y son mejores, hay quienes luchan muchos años y son muy buenos, pero están los que luchan toda la vida, y esos son los imprescindibles». Con esta frase, el genial autor reconocía el esfuerzo que supone estar siempre al pie del cañón. Al pronunciarla, este hombre, profundamente concienciado en todos los temas sociales, y preocupado por el efecto de la guerra sobre las personas, que pasó media vida en el exilio, un hombre cuyos libros fueron quemados por los nazis –otra vez hablamos de quemas de libros-, tal vez reconocía –en un indudable exceso de humildad- su ‘flaqueza’. Francamente yo no creo que Brecht abandonara la lucha en ningún momento. Más bien era de los ‘imprescindibles’, pero es cierto que en algunos poemas se abandona a la belleza de un objeto o de un momento especialmente intenso. Tal es el caso del poema que transcribo a continuación, escrita durante el exilio.

     Primavera de 1938

     Hoy, domingo de Resurrección, muy de mañana
     una nevasca azotó de repente la isla.
     Había nieve en los setos verdes. Mi hijo
     me llevó hasta un albaricoquero pegado a la tapia de la casa
     apartándome de una poesía en la que denunciaba
     a quienes preparaban una guerra que
     al continente, a la isla, a mi pueblo, a mi familia y a mí
     se nos puede tragar. En silencio,
     cubrimos con un saco
     el árbol a punto de helarse

A veces, cuando los colaboradores de DM hemos ‘flaqueado’, abandonando la auto-referencia para comentar algún libro o alguna película de temática sólo tangecialmente gay, algunos comentaristas nos han echado en cara esa actitud, al ser DM un medio orientado al público LGTB. La verdad es que motivos no les faltan para esa llamada de atención, que agradecemos, yo al menos. Es bueno recordar –y recordarnos- por qué estamos aquí

Tal vez cabría el paralelismo del arte LGTB con los primeros espirituales de los afroamericanos, cuyas letras –supuestamente religiosas- escondían códigos secretos que indicaban a los esclavos los medios necesarios para su huída. Pruebo a imaginar la sensación de un esclavo afroamericano que, durante su reducido descanso, hubiera podido escuchar una de las grandes sinfonías de Beethoven: ¿Habría rechazado el esclavo la música del maestro sólo por el hecho de que era blanco o porque esa sinfonía no fue escrita como alegato antirracista? ¿La habría dejado pasar por alto sólo porque no contenía ninguna indicación para la huída? De haberla escuchado y disfrutado, ¿tal vez le habría proporcionado un momento de felicidad? ¿Rechazaría este momento por efímero? ¿Habría sido como el opio, adormecedor? ¿O por el contrario le habría servido para coger aire y ganar fuerzas?

No sé por qué me he acordado de este poema de Brecht. Es sin duda una muestra de flaqueza, a las que soy bastante dado, por cierto. Supongo que, en la enumeración que hace Brecht, yo soy más bien del primer tipo de persona, que sólo son capaces de luchar en días o periodos aislados. Admito que no es lo más recomendable para un columnista aquí en DM. Se supone que tenemos que mostrarnos inflexibles, y con una voluntad de hierro. Pero también supongo que la semana no ha sido particularmente buena en cuanto a noticias se refiere. Supongo que he necesitado parar a coger aire. Hoy mi deber era –como diría Silvio Rodríguez- escribir algo que aportara aunque fuera un granito de arena a nuestra lucha, pero he sido incapaz. Será que sueño con el día en que un sitio como DM no sea necesario, y que simplemente, los que solemos vernos aquí, nos reunamos para hablar de amaneceres. De hecho ese sueño es el que me impulsa a seguir aquí, luchando las más veces, aunque también, me temo y esta columna de hoy sería la prueba, pueda desmayar en ocasiones.