Se cumplieron los pronósticos (incluso los nuestros) y el representante de Noruega, el joven Alexander Rybak, se impuso con insultante diferencia sobre sus rivales como ganador del Festival de Eurovisión 2009. En el haber del Festival debemos situar el hecho de que Rusia celebrara, en el estadio Olimpiski de Moscú, un espectáculo impresionante (31 millones de euros dedicaron las autoridades rusas a su organización). En el debe, la ausencia de cualquier referencia a la situación de los derechos de las personas LGTB en Rusia por parte de los participantes, indiferentes a  las decenas de detenciones de activistas producidas pocas horas antes.

Solamente los representantes de Holanda habían expresado su intención de manifestar su protesta, pero su eliminación en semifinales impidió su presencia en la gran gala final. Por lo demás, nada: ni una simple bandera arco iris, ni un simple comentario, ni una simple dedicatoria, ni siquiera un pequeño lazo en la solapa…

Por lo demás, el espectáculo televisivo fue de todo menos sencillo… Participación del Cirque du Soleil, mensaje de los cosmonautas desde la estación espacial y una escenografía que en algunas de las canciones fue espectacular. La representante española, Soraya, quedó clasificada en penúltimo lugar, incluso por detrás de nuestras propias expectativas, que ya eran poco halagüeñas. Desconocemos si un toque de solidaridad con la causa LGTB le hubiera proporcionado una posición algo más digna, pero en cualquier caso desperdició una gran oportunidad.