Gijs Vermeulen es un camarero gay de 24 años que fue elegido Príncipe del Carnaval de Reusel, un pueblo del sur de Holanda, una localidad de tradición católica. Como tal acudió a la misa de Carnaval, tras y como es costumbre. El sacerdote de la parroquia le negó la comunión. El incidente ha provocado la inesperada reacción de la comunidad LGTB holandesa.

El padre Luc Buyens, conocedor como sus conciudadanos de Reusel de la condición de gay con pareja de Vermeulen, le dijo que se limitaría a bendecirlo con la señal de la cruz, pero que no le daría la comunión, como es tradición.  

La noticia llegó a conocimiento de la revista gay Gaykrant, que hizo un llamamiento a sus lectores a acudir en masa a la misa dominical de Reusel. Buyens, abrumado por la masiva presencia de gays, solicitó el consejo del obispo para decidir qué hacer. Finalmente suspendió la misa sin dar la comunión a ninguno de los asistentes.

Este próximo domingo será precisamente la catedral de San Juan (en ’s-Hertogenbosch, la sede episcopal) la que recibirá la visita de los activistas de una campaña a la que se han adherido ya varias organizaciones LGTB y que ha recibido incluso el apoyo de la líder laborista, Lilianne Ploumen. El obispo, que el jueves se reunió con los activistas sin llegar a acuerdos significativos, ha manifestado, eso sí, que a partir de ahora la diócesis será más exigente a la hora de dar la comunión no sólo a las personas homosexuales: también a los divorciados y a las personas que no acuden regularmente a misa.

Gijs Vermeulen ha manifestado sentimientos contradictorios respecto a lo sucedido. Por un lado rechaza convertirse en un símbolo, pero por otro piensa que el debate generado puede ser positivo. ”Yo no diría que he sido discriminado, pero he sido tratado de forma diferente a los demás”, dice. “Lo que más me molesta es la falta de una política uniforme. Otras personas a las que se podría considerar también pecadores no tienen este problema. Si la iglesia fuera coherente, nadie podría recibir la comunión”, considera.