Desayuno en Urano

Los chicos están bien (EEUU, 2010)
Lisa Cholodenko

Nunca he sido muy fan de Lisa Cholodenko, reconozcámoslo. Es más: no tengo absolutamente ningún recuerdo de sus anteriores filmes (lo que, por otra parte, tampoco es malo). Sin embargo, Los chicos están bien es una estupenda película, con actores en estado de gracia (Annette Bening está sencillamente fantástica). Una película que, además, está muy por delante de otras cosas que hemos visto tratando el mismo tema. Porque aquí el problema no es el lesbianismo, ni el matrimonio, ni siquiera la adopción: todo eso se da por sabido, por superado. El problema es la educación de los hijos, la convivencia, los años que pasan. Y eso le ocurre a todo el mundo. Esa visión irónica y desprejuiciada sobre una relación lesbiana (que a lo mejor habría podido ser tachada de homófoba viniendo de otro lado) es narrada con una naturalidad aplastante por la directora. Las escenas domésticas (esas cenas y desayunos tan desequilibrantes para los que tenéis hijos adolescentes) acaparan la mayor parte del metraje y se convierten en su eje fundamental.

El argumento es conocido, no voy a desvelar gran cosa: dos mujeres que crían a dos hijos concebidos por inseminación artificial de un mismo donante anónimo se enfrentan a la posibilidad de que sus hijos (ya adolescentes) conozcan al donante. El donante, que resulta ser un tipo repugnante y fascinante a la vez (interpretado de forma magistral por un espléndido Mark Ruffalo), una especie de eterno adolescente que uno no sabe si calificar de perdedor o ganador, casi un personaje salido de la factoría Apatow, se introduce en la familia y se convierte en el centro de atención, en la novedad. La vida de los cuatro cambia: adorado, odiado, admirado, deseado… nada volverá a ser lo mismo. ¿O sí? la capacidad del ser humano para seguir adelante como si no hubiera pasado nada es siempre asombrosa. Muy recomendable.

4 estrellas

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Parábolas familiares
(Boris Pintar, Lámed Editorial)

con prólogo de Lawrence Schimel

Un, dos, tres, responda otra vez: escritores eslovenos traducidos al castellano, por ejemplo, Boris Pintar (a esto, obviamente, le sigue un silencio absoluto, salvo Žižek, quizá). Pues bien, el caso es que detrás de una portada bastante anodina, en cuatro frases, una (que es una chica moderna y preparada) se encuentra en un congreso científico persiguiendo por los bosques a un hombre (del que luego se enamorará y con el que se casará y del que tendrá un hijo sindrómico), que entre sesión y sesión anda ocupado chupando vergas de otro científico. Y unas páginas más allá, conocerá a una “abierta” familia eslovena, con una madre que lanza zapatos contra la puerta de la casa para maldecir a los novios/novias de sus hijos/hijas. Y poco más adelante a un hombre transexual buscando su lugar en el mundo. De Flores de otoño prefiero ni hablar: es uno de los cuentos más estremecedores que recuerdo haber leído. Parábolas familiares es, además, el título del más largo de los cuentos, que ocupa la mitad de libro, y que uno desearía ver desarrollado en una novela: la historia de dos hermanas, Magda y Ana, una de ellas casada con un ex bailarín homosexual que ahora regenta un restaurante. Y la otra… uff, demasiado complicado para explicar aquí. Tendréis que leerlo.

Las frases cortas de Pintar, te van llevando poco a poco hacia un agujero y uno no sabe si frenar o avanzar más rápido, en busca de alguna difusa y esquiva identidad eslovena o personal (como todas las identidades, por otra parte). Uno lee los cuentos de Parábolas familiares con miedo y con deseo a la vez, como el que lee un telegrama deleitándose despacito en cada frase porque sabe que de la última línea dependerá la felicidad o el horror, el premio o el castigo.

Podéis conseguir también la versión para kindle aquí.

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