"Si se suman dos manzanas, pues dan dos manzanas. Y si se suman una manzana y una pera, nunca pueden dar dos manzanas, porque es que son componentes distintos. Hombre y mujer es una cosa, que es el matrimonio, y dos hombres o dos mujeres serán otra cosa distinta" - Ana Botella

De loros, ardillas, amores y tragedias – 1ª parte

Las fábulas del loro y la ardilla

Parte I: Introducción
Había una vez… truz, una pareja de papagayos, varios loros, ardillas, delfines y muchos animales más que iré presentando a medida que voy narrando la historia. Estas vivencias que narro tuvieron lugar en un bosque situado a orillas del mar y rodeados de montañas. Un paraíso solamente comparable al que formaban los brazos morenos que solían cobijarme hasta hace no mucho tiempo y esos pequeños ojos oscuros a los que les dedico esta historia.

El bosque era pequeño, tan pequeño que apena medía dos manzanas, y estaba situado entre el castillo de la bella Lady Eleonore, que cada amanecer encendía el sol con sus ojos, el torreón del valiente Lord Astyaro, la Taberna Del Mar -propiedad de Jack, siempre atento a las necesidades de los lugareños y los visitantes- y el castillo de la Reina Lora (no sé si se dice así, pero vale, un “loro hembra”). La reina era parte de la familia que, junto con otros habitantes elegidos por todos los animales, reinaba en este lugar. También en este bosque con animales tan variados vivían unas hienas que llegaron a este paraje hace años, hablando de un Dios prometiendo ayudar, proteger y aconsejar a los animales del bosque. Con el tiempo se hizo evidente que las hienas solamente se pasaban el tiempo comiendo de lo que los demás les daban sin brindar servicio alguno a cambio.

Como prometí antes, les cuento un poco más sobre los habitantes del bosque. Había un ave, no recuerdo de qué especie, porque era majestuosa como un águila, viajera como un pato y tenía la gracia de un cisne, aparte de tener el temperamento de una gallina colérica cuando la hacían enojar. ¿Cómo es que tantas especies vivían juntas en un mismo reino y se entendían un@s a otr@s? Es que esta ave conocía todos los lenguajes y se dedicaba a traducir. Hizo amistades allí y nunca volvió a mirar el horizonte con nostalgia. También otra ave, no menos graciosa, inteligente y temperamental, vino volando desde tierras lejanas, para probar suerte en este bosque. Y vaya si no encontró lo que buscaba. Era como la Tierra Prometida.
Otro de los habitantes era un ratón, un ratón chiquitín, que comía chocolate y turrón y bolitas de anís, que la dueña del castillo le dejaba. Huérfano había quedado este ratoncito y vivía de las sobras que generosamente les dejaba Lady Eleonore en el patio de su castillo El ratón chiquitín llevaba una vida dura, a pesar de la generosidad de la dama, porque más que caridad necesitaba alguien que cuide de él. Y si bien Lady Eleonore era sumamente generosa, el castillo era muy grande al igual que ella, lo cual hacía que para nuestro ratoncito, vivir con la dama se convierta en algo peligroso. Tal vez si alguien en el reino pudiera cuidar de él…
A estas tierras, pero sin salir del agua, también llegó un pez payaso, quien narraba las crónicas de los tiempos pasados, reflexionaba sobre los sucesos actuales y compartía su sabiduría.

También en este bosque vivía una temperamental luciérnaga, brillante a la vez que inquieta, que había enfermado gravemente tras acercarse peligrosamente a una farola de luz de gas. La luciérnaga estuvo tan enferma que en un momento pensamos que la perderíamos. Esta luciérnaga macho se había recuperado bastante de aquello, aunque seguía enferma. Volaba todas las noches acompañado de su “cosita”, macho como él, con quien compartía cada día y cada noche de su vida.

Una pareja de papagayos, ambas hembras, también habitaban el bosque; y desde la distancia las observaba un loro que se sentía triste porque su plumaje no tenía color. El Loro Incoloro, lo llamaban, sin maldad alguna, solamente por hacer rima. Pero su falta de color lo hacían sentir sumamente triste. Este lorito quería tener los colores de un papagayo, pero las hienas, el avestruz y las gaviotas decían que era antinatural y trataban de convencerlo de ello, así como también a otros animales que eran amigos de este lorito. El lorito observaba todo el dia a los papagayos y suspiraba al ver su colorido plumaje.

Y por último, un caso más triste; el príncipe, hijo de la Reina Lora, que vivía encerrado en un armario del cual no le dejaban salir sin disfrazarse para andar de incógnito. La Familia Real decía que el príncipe tenía un plumaje débil, que soltaba demasiada pluma. El príncipe salía de vez en cuando pero con la condición de que usara un traje ajustado para sujetarle el plumaje, que no hiciera contacto con nadie y que no se enteraran que era hijo de la Reina.

Repentinamente uno de los loros comenzó a gritar: ¡Que viene el lobo! ¡Viene el lobo! Y en menos de lo que desafina un gallo, apareció el Lobo, a quienes todos saludaron diciendo “¡Hola, Lobo!”. Llegados a este punto, creo que debo disculparme por haberme olvidado de presentar a este peculiar habitante del bosque; un lobo ágil y activo que podía escalar montañas con una facilidad envidiable. Como todos los lobos, él provenía del Valle de los Lobos, y había llegado caminando para quedarse a vivir. Se definía como “bruto” y “visceral”, pero bajo ese fuerte cuerpo escondía un caudal de virtudes, a cada cual más increíble. Se destacaba, además, por su espiritualidad; creía en lo mismo que las hienas, pero aplicaba sus creencias de una manera que lo hacía sentirse realizado y podía hacer el bien a su alrededor. La particularidad de este lobo es que no entregaba su amor a otr@s lob@s sino que anhelaba conocer un oso, tal vez tan fuerte, bruto, visceral y temperamental como él. Como dato curioso debo decir también que nuestro amigo lobo no entendía bien por qué a los animales del bosque les producía tanta emoción empujar hacia uno u otro lado, hacia unas metas marcadas en el suelo, un coco caído de uno de los pocos cocoteros del lugar.

Además de todos estros animales y de Jack, Lady Eleonore y Lord Astyaro, el único humano que solía visitar el bosque era un torpe aprendiz de caballero, que era un poco más habil con la pluma que con la espada, a pesar de no tener pluma alguna.

Martín Oscar Caballero

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Esta fábula formará parte del libro que estamos preparando con «Las fábulas del loro y la ardilla».

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