"Si se suman dos manzanas, pues dan dos manzanas. Y si se suman una manzana y una pera, nunca pueden dar dos manzanas, porque es que son componentes distintos. Hombre y mujer es una cosa, que es el matrimonio, y dos hombres o dos mujeres serán otra cosa distinta" - Ana Botella

Una aventura llamada bisexualidad

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Nunca habías tenido una relación con una chica que no pasara de un par de besos, y tampoco estabas muy interesado en ello, ya que tenías la cabeza en otros asuntos. El caso es que nunca te habías cerrado del todo a una relación con un hombre, aunque fuese de manera subconsciente. Entraste en plena Edad del Pavo, y uno en esa etapa se empieza a plantear muchas cosas. Para un adolescente en plena efervescencia hormonal y sin una definida identidad sexual, esa etapa puede ser decisiva, y en tu caso, lo fue. Te entra la curiosidad sexual, y a veces te da vergüenza pensar en cómo sería besar a un chico. Nunca sentiste que estuvieras haciendo mal o algo prohibido por pensarlo, ya que tu madre te educó en libertad sexual en todo momento, pero sí que sentías algo de pudor. Esa idea poco a poco, día tras día, va ahondando en tu interior, hasta tal punto que comienzas a tener ganas de probarlo, sin malicia y con mucha ingenuidad, e incluso llegando a pensar que a todo el mundo alguna vez se le habrá ocurrido.

Y sin darte cuenta un día te sorprendes a tí mismo mirando a chicos con total impunidad, pero no de manera amistosa, no. Te los imaginas como amantes, besándote. Y te asustas. Muchísimo. Sabes que algo en tu interior no va bien. De un día para otro no sabes quién eres. Pero te lo callas. Tampoco quieres que los de tu alrededor te vean como un bicho raro, o peor, como un salido. Las ideas siguen rondando por tu mente, e incluso ves a los miembros de tu mismo sexo de otra forma, y comienzas a percatarte (y a interesarte) por los tipos que hay. Altos, bajos, rubios, morenos, delgados, gruesos. Y comienzas a configurar de manera inconsciente a un hombre ideal, como juego. O como lo que tú creías que era un juego.

Hasta que llega un día, una fiesta. La fiesta de cumpleaños de una amiga. Vas, y como toda fiesta de cumpleaños de adolescente, degenera en algún juego pícaro-sexual. Te toca. Juegas. Y no te acuerdas cómo, ves como el novio de tu mejor amiga se te acerca peligrosamente a la cara, y te da un pico. Sólo eso. Un pico, por el juego. Pero tú no lo ves así. En tu pantalón se forja una erección. La disimulas, pero lo has sentido. Ese hormigueo por todo el cuerpo porque te ha besado un hombre. Y por fin te das cuenta de que no es un juego. Te das cuenta de que te pasa algo.

Al llegar a tu casa comienzas a plantearte si eres gay, pero no, porque te sigues masturbando pensando en mujeres. Aquí ocurre algo. Te gustan los hombres y las mujeres. Es confuso, nunca habías oído hablar de alguien al que le gustaran los dos sexos. A nadie excepto los dioses griegos. Fantaseas un poco en ser como Apolo, o como Zeus. En recibir el amor de un hombre y de una mujer. El amor de ambos. Y te reconforta, te gusta. Crees que eso es lo que te pasa.

Pasas algunas semanas meditándolo, y lo comentas, a tu otra mejor amiga. Qué cara se te queda cuando ella te confiesa que siente lo mismo hacia las mujeres. Te sientes arropado. ¡Tu mejor amiga es como tú! Juntos encontráis un término a lo que os pasa. Se llaman bisexuales, y son personas a las que le gustan ambos sexos. Te gusta, tiene sonoridad. Bi-se-xual.

Y vas creciendo, y los de tu alrededor lo van sabiendo, y reaccionan de manera correcta. Tu madre te dice que no le importa tu sexualidad, que siempre serás su hijo, y tu vida sigue rodando, y conoces a más bisexuales, y un mundo gay, antes oculto, se abre de repente a tu alrededor.

Y aún hoy, después de dos o tres años sabiendo quién eres y lo que quieres, aún fantaseas en ser como Apolo, y tirar cada mañana del carro solar.

David Martín

Hoy volvemos a abrir el cajón de las cartas para recuperar esta, publicada en dosmanzanas el 26 de abril de 2007. Ahí podréis leer los comentarios que dejaron entonces los lectores.

Comentarios
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