"Si se suman dos manzanas, pues dan dos manzanas. Y si se suman una manzana y una pera, nunca pueden dar dos manzanas, porque es que son componentes distintos. Hombre y mujer es una cosa, que es el matrimonio, y dos hombres o dos mujeres serán otra cosa distinta" - Ana Botella

Reinaldo Arenas y Lázaro Gómez. Al menos la amistad

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Como a tantos lectores, me impresionó mucho leer las directas y terribles memorias de Reinaldo Arenas, “Antes que anochezca”, que se publicaron en 1992, casi dos años después de su suicidio (en la fase terminal del sida) el 7 de diciembre de 1990, cuando contaba 47 años…

reinaldo arenasAmigos cubanos en Madrid (entre ellos el gran poeta Gastón Baquero, que en sus últimos años procuraba ser muy moderado al hablar de las dos Cubas) me advirtieron de que Reinaldo, a quien habían conocido, era un hombre tremendamente apasionado, poderosamente excesivo y por tanto exagerado. Esta era la palabra. Según ellos “Antes que anochezca” era un libro exagerado. Siempre les contesté, y lo he recordado otras veces, que aunque rebajásemos en un veinte por ciento todos los horrores y desesperaciones que se cuentan en el libro, aún seguiría siendo terrible y desolador. Eso es lo que quizá vio bien Julian Schnabel al llevar esa autobiografía al cine, en 2002, tan acertadamente interpretada por Javier Bardem.

En 1989, en el prólogo a su libro de poemas “Voluntad de vivir manifestándose”, Arenas trata de explicar su desesperación de exilado en Nueva York: “Alguien que ha vivido bajo sucesivos envilecimientos. El envilecimiento de la miseria bajo la tiranía de Batista, el envilecimiento del poder bajo el castrismo y el envilecimiento del dólar en el capitalismo- y como si esto fuera poco he habitado los últimos nueve años en la ciudad más populosa del mundo que ahora sucumbe a la plaga más descomunal del siglo XX. He sido testigo de todos esos espantos.” Cierto que habla alguien que ya está enfermo y cierto que es visible un puntito de crispación, mejor que de exageración, pero no hay mentira. Entre el realismo más brutal y la paranoia, la vida exagerada de Reinaldo Arenas no dejó de ser la de un perseguido que anhela una libertad que no termina de encontrar, una libertad que sólo llegará con la muerte.

Reinaldo Arenas llamó la atención en Cuba con su primera novela, “Celestino antes del alba”, escrita en 1965 pero publicada dos años más tarde. Y debe su primera nombradía internacional (de la que naturalmente no gozaba) al publicarse en francés –antes que en español- y en 1968, la que sería una de sus más celebradas novelas mientras vivió, “El mundo alucinante”, que narra las persecuciones que , muy a fines del siglo XVIII, sufrió un estrambótico y revolucionario cura mexicano, Fray Servando Teresa de Mier (1763-1827), buscador a su modo de la independencia. Arenas se identifica con un hombre que lucha por la libertad hasta el límite de la locura. Y esa será la vida de Reinaldo Arenas: desembarazarse del dogal que ve y siente por todas partes y que no deja de maltratarlo. El régimen de Castro, lo persiguió, lo encarceló y lo censuró.¿Qué hacer entonces? Libertad como anhelo y miedo como realidad continua son los términos que definen el vivir de Arenas. ¿Le faltó el amor?

Para algunos el gran amor de la vida de Reinaldo Arenas fue su madre (que siguió viviendo en Holguín, el pueblo natal del escritor) pero ese era un amor del que necesitaba huir: Por libertad y por homosexualidad. Dice en “Antes que anochezca”: “Pero yo sólo podía abandonar a mi madre o convertirme en ella misma; es decir, un pobre ser resignado con la frustración y sin instinto de rebeldía y, sobre todo, tendría que ahogar mis deseos fundamentales”. Reinaldo quiso a su madre pero deseó compulsivamente acostarse con chicos, y creyó entender que tampoco esas realidades casaban. Su vida sexual en Cuba (y quizás fuera también, sobre todo en los primeros años de libertad) fue muy promiscua. Pero con una tenaz y muy dura constante: el miedo, el pánico a la policía del régimen. Ligaba con un muchacho en la playa y se acostaba con él, pero –en ocasiones- ese mismo muchacho compañero natural de gozo y deseo era quien después lo robaba o lo delataba. Como él mismo decía, nada había peor en Cuba que ser disidente, escritor y maricón. La vida erótica de Arenas es un continuo rastreo del ligue, siempre magnifico e inseguro (como el negro empalmado que se hace en unas duchas) entre las playas o los vericuetos del parque Lenin, en La Habana. Uno percibe en cuanto Arenas cuenta de si mismo el ansia de un compañero. ¿Pero dónde y cómo en tales y continuadas circunstancias de opresión? La homosexualidad en Cuba es una práctica muy común, aún entre hombres que no se tienen por homosexuales (allí “locas”) y tal parece el sueño eterno de Reinaldo: ligar con chicos heterosexuales, que no sólo no les importa, sino que apetecen del revolcón. Sangre Caribe. ¿Pero cómo construir ahí una pareja y más sin libertades?

Lo más cercano que Reinaldo tiene a la estabilidad son las amistades. Gente disidente también (aunque a lo mejor menos marcada) con aficiones literarias y a veces comunidad de gustos sexuales, como uno de los hermanos Abreu –José- que es hoy un notable escritor exilado en Miami. El buscado compañerismo se da en la amistad pero no en el amor. Y ese es quizá (entre tantos padecimientos) el último trampolín por el que Reinaldo Arenas decide abandonar la isla que ama y que le asfixia , a la menor oportunidad. Que llegó en 1980 con la llamada “crisis de Mariel”.
Hacinados primero en la embajada de Perú, miles de disidentes y descontentos del castrismo son finalmente autorizados a abandonar Cuba (por presiones internacionales) tras declararse “basura o escoria social”. Reinaldo Arenas es uno de ellos.

En ese éxodo a la desesperada (en busca de la libertad y del amor) Reinaldo conoce a Lázaro Gómez, un joven que también busca mejores oportunidades. Lázaro no es homosexual pero se sentirá muy pronto subyugado por la personalidad y el desquicie de Reinaldo, que a rachas compartía. Descubren juntos Nueva York y lo que creen la libertad, que muy pronto se teñirá de sida. Comprenden que el mundo libre guarda muchos otros horrores e injusticias, como la de algunos olvidados escritores cubanos del primer exilio en Miami, por ejemplo la viejita y antaño muy rica Lydia Cabrera. Viajan juntos y se sostienen juntos, pero ¿son algo además de amigos?

Cuando a Reinaldo (en medio de una creciente fama y nombradía internacionales) se le declare el sida, Lázaro Gómez no lo abandonará y será su secretario, su protector, su cuidador y finalmente –dicen- quien le ayudó a bien morir cuando eso era lo que el desesperado Arenas deseaba ¿Amistad? ¿Amor? Las fronteras sentimentales raramente son estrictas y las etiquetas, en este terreno, valen muy poco. Lázaro Gómez (la parte más sosegada de la vida de un desasosegado) es hoy uno de los derechohabientes de Reinaldo Arenas, quien en un poema tardío pide que sus cenizas sean echadas al mar por si se zambulle por ahí algún adolescente. Lo dijo en ese mismo poema: “Ni después de muerto quiso vivir quieto”.

Luis Antonio de Villena

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