"Si se suman dos manzanas, pues dan dos manzanas. Y si se suman una manzana y una pera, nunca pueden dar dos manzanas, porque es que son componentes distintos. Hombre y mujer es una cosa, que es el matrimonio, y dos hombres o dos mujeres serán otra cosa distinta" - Ana Botella

Mikaël

Desayuno en Urano

Un joven pintor presenta sus bocetos a un pintor ya consagrado, Claude Zoret, que desprecia sus torpes intentos pero le ofrece posar para él (obviamente, el joven parece más dotado para trepar por su belleza que por su arte). Una historia conocida: el chapero/gigoló/puto que se aprovecha del viejo, le roba y se gasta la pasta con mujerzuelas mientras el pobre señor mayor agoniza de desesperación. ¿Una historia conocida? Sí, claro, conocida en 2011, pero no en 1906, cuando la escribió Herman Joachim Bang (1857-1912) Pero no es una historia de vicio, depravación o enfermedad, ni de castigo: es, fundamentalmente, una historia de amor (no correspondido, pero eso también es amor)

El caso es que el famoso Mikaël es un cerdo de la peor especie, un personaje repulsivo y amoral pero con la belleza del Tadzio (y su soberbia), consciente de su juventud y del poder de su cuerpo. El pintor ha triunfado con los retratos del joven al que diviniza (ya sea en plan mitología pagana o cristiana) y Mikaël piensa que le debe a él gran parte de su éxito. Los robos y desprecios acabarán con la muerte en soledad del pintor, no sin antes haber tenido su particular canto del cisne.

La editorial Egales acaba de publicar la novela de Bang, una ocasión única para conocer un texto mítico.

Por otro lado, la historia de Mikaël es mucho más conocida porque ha sido llevada al cine en dos ocasiones, la primera por el director gay Mauritz Stiller en 1916, y la segunda, más conocida, por Carl Theodor Dreyer (todos de rodillas) en 1924. He de decir que la película de Dreyer es una obra maestra absoluta, y como tal es tratada en casi todas las antologías de cine LGTB.

La acción trascurre casi por completo dentro de la casa de Zoret, el pintor consagrado. Considerado en su día como la primera “película de cámara” (Kammerspiel), uno llega a oler el agobio de esa atmósfera casi tóxica de la casa de Zoret, y nos sentimos tentados a simpatizar con el joven Mikaël. El exterior se cuela en los cielos azules de los bocetos argelinos, aquella época ya perdida en la que el pintor y su modelo fueron felices: “No vamos a vender nuestros recuerdos más bellos”, dice Zoret ante la insistencia de Mikaël para aceptar una oferta. Si venden los cielos azules de Argel ¿qué les queda?

«Puedo morir en paz, porque viví un gran amor”, dice Zoret al final: un gran amor. Por si quedaba alguna duda de la relación con su “hijo adoptivo”.

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  1. Rodrigo
  2. José Félix Moreno

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