"Si se suman dos manzanas, pues dan dos manzanas. Y si se suman una manzana y una pera, nunca pueden dar dos manzanas, porque es que son componentes distintos. Hombre y mujer es una cosa, que es el matrimonio, y dos hombres o dos mujeres serán otra cosa distinta" - Ana Botella

Somos como águilas Jack. Aquí arriba somos libres

Desayuno en Urano

No siendo yo nada objetivo con todo lo que rodea a Brokeback Mountain, quizá no sea la persona más indicada para comentar la ópera que se ha estrenado (recordemos que es un estreno mundial, por una serie de carambolas en las que no me quiero meter) en el Teatro Real de Madrid el 28 de enero de 2014.

Tampoco es que sea yo un experto en música (ni en nada, sinceramente), pero es verdad que siempre he tenido un especial interés por la música del siglo XX, y no me refiero a Hombres G sino que desde joven he sido más de escuchar a Luigi Nono o Pierre Henry que a los Celtas Cortos. Si no se está acostumbrado a la música atonal, al dodecafonismo a oír a Alban Berg, Anton Webern o Arnold Schönberg, o incluso Benjamin Britten, si lo más musical que se ha visto es Hoy no me puedo levantar, se tendrá la sensación de que Brokeback Mountain es lo más parecido a dejarle un xilófono a un niño loco. Charles Wuorinen, autor de la música, es un hombre de su tiempo y compone música de su tiempo. Quizá por eso, a algunos, entre los que me encuentro, la partitura de Brokeback Mountain nos ha parecido mucho más convencional de lo que esperábamos. (Por cierto, y saliéndonos del tema, Wuorinen se casó hace poco con Howard Stokar, su compañero de toda la vida).

El libreto de Annie Proulx, que recordemos fue la autora del relato original del que salió todo esto, es, sin embargo, muy parecido (incluso con frases exactas) a las que todos recordareis de la excelente película de Ang Lee. Quizá, para los que somos muy fanáticos de la película, nos sobra la explicación tras el fantástico “I swear” final: ya imaginábamos lo que juraba Ennis. Pero supongo que el público del circuito operístico está acostumbrado al exceso o necesita aclaraciones que con tanta música, tanto canto, tanto escenario donde mirar y tanto subtítulo quizá convenga explicitar. Lo que pese a la opinión de sus creadores, hace a esta versión operística tan romántica como la versión cinematográfica.

La escenografía es la esperable: montañas y ovejas en la primera parte frente a la oscuridad y la cutrez doméstica a lo Hopper de la segunda: jamás olvidaré la escena de Ennis acuclillado contra la lavadora al lado del cesto de la ropa sucia, quizá una de las más deprimentes de la historia de la ópera de todos los tiempos.

Daniel Okulitch, está espléndido como Ennis del Mar. A pesar de los tiempos en los que estamos hay que ser valiente para interpretar un papel así. Pero él ya salió desnudo en un escenario en The Fly (busquen luego en youtube, no les pongo aquí el enlace que se me despistan). Lo tiene todo superado. Y absolutamente entrañable, optimista y simpático es nuestro Jack Twist, interpretado por Tom Randle. El público ovacionó especialmente a Jane Henschel en el papel de la madre de Jack.

Así, si el texto, la escenografía e incluso la interpretación son comparables a los de la película de Ang Lee (si es que una ópera y una película se pueden comparar), desde luego la música no lo es. La música (como el arte, como las matemáticas) es un lenguaje que es preciso comprender. Para un neófito, oír Brokeback Mountain en el Teatro Real es como leer un libro en polaco sin saber polaco. Digamos que la música de Santaolalla se dirigía directamente al corazón del espectador. Wuorinen se dirige al cerebro, y el cerebro no es un músculo.

Por lo demás, Brokeback Mountain es una obra maestra. Sería inacabable recordar cada uno de los momentos de sublime belleza (si es que esas dos palabras pueden ir juntas después de Kant) que alcanza la partitura de Wuorinen. Los cinco (magistrales) primeros minutos nos introducen en un mundo sórdido y opresivo del que saldremos en escasas ocasiones durante las dos horas: el rascar de una paleta en la sartén, una llamada de teléfono, los golpes de Jack contra la puerta de Ennis. Belleza difícil como ya dije, belleza sin concesiones al sentimentalismo. Pero la belleza fácil no vale la pena. Ojalá su recorrido (que acaba de empezar) sea muy largo. Pero quizá la trascendencia sea mucho más por su avance social que musical: solo por llevar un amor homosexual al mundo de la ópera ya ha hecho historia (tema que no es nuevo, pero los americanos son así, parece que lo descubren todo ellos). Desde el Palco Real, no sé qué pensará la Reina Sofía de todo esto. Aunque seguro que no piensa nada, porque no irá.

Para los interesados, la función del día 7 de febrero será retrasmitida por Palco Digital y la del día 9 por Radio Clásica.

elputojacktwist@gmail.com
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Comentarios
  1. Despotorramiento feroz

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