"Si se suman dos manzanas, pues dan dos manzanas. Y si se suman una manzana y una pera, nunca pueden dar dos manzanas, porque es que son componentes distintos. Hombre y mujer es una cosa, que es el matrimonio, y dos hombres o dos mujeres serán otra cosa distinta" - Ana Botella

A la sombra de Henry James

Desayuno en Urano

Prologado por Alberto Mira nos llegó hace unos meses esta novela exquisita, que debería formar parte de cualquier biblioteca que se precie, si no por sus valores literarios (que los tiene de sobra, no se preocupen) por su valor histórico: la primera novela (conocida) que cuenta un amor homosexual con final feliz.

Imre: una memoria íntima, de Edward Prime-Stevenson (Editorial Dosbigotes) cuenta la historia en primera persona de un inglés (Oswald) que conoce a un guapo soldado húngaro (el Imre del título) en un café de Budapest. A través de una serie de interesantes diálogos los dos hombres se reconocerán el uno en el otro y, como uno de esos milagros que a veces suceden, entenderán y se harán saber que buscan lo mismo, que se buscan. No todo es tan fácil desde luego: en sus largas conversaciones psicológicas (y sutiles) surgirán dudas sobre la identidad, sobre la moralidad, sobre la culpa y que inevitablemente (pero no, no es inevitable, podría haber ocurrido cualquier otra cosa, y más en esa época) desembocan en la caída de la máscara, en la “salida del armario”, en la revelación de la desnudez. Los diálogos se van haciendo cada vez más emocionantes y la contención y elegancia que destilan acaba contagiando al lector.

Fue originalmente publicada con pseudónimo en 1906 y reeditada en 2003 por Broadview Literary Texts y finalmente, en castellano este pasado 2014. Edward Prime Stevenson (1858-1942), fue un periodista y escritor estadounidense. En Europa comenzó a escribir textos de temática homosexual empleando un seudónimo. En 1913 publicó, ya con su nombre real, un conjunto de relatos con claras referencias a la homosexualidad.

Imre, nunca me alejaré de ti. Tu gente será la mía. Tu rey será el mío. Tu país será el mío. Tu ciudad será la mía, ¡aquí comienzan mis raíces! Quedémonos juntos. Hemos encontrado lo que nos desesperaba…

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Y no menos interesante (no en vano se trata de uno de los escritores favoritos de muchas personas que conozco, por La biblioteca de la piscina, el libro que marcó a toda una generación de homosexuales españoles), es el nuevo “novelón” de Alan Hollinghurst, El hijo del desconocido. Si el escritor es un experto en dibujar a la perfección el tiempo histórico en el que se desarrollan sus novelas (recordemos, especialmente, La línea de la belleza, sobre el thatcherismo), en esta caso se propone hacerlo (y lo consigue de forma magistral) con una mayor ambición: la novela transcurre a lo largo de más de un siglo y lo que cuenta, además de la historia (que no deja de ser anecdótica) de una familia y lo que la rodea, es la historia panorámica de las relaciones entre sexuales entre hombres en Gran Bretaña en el último siglo. Ni más ni menos.

Una historia social en la mejor tradición de la literatura inglesa y una reflexión sobre el paso del tiempo y sobre lo que debemos a las generaciones anteriores y que olvidamos fácilmente (así nos pasa luego, claro). Con un afortunadísimo (y algo complejo para el lector, pero no se asusten que no es más complejo que Juego de Tronos y se soluciona fácilmente dibujando un árbol genealógico) uso de la elipsis y a través de cinco grandes capítulos que son cinco grandes saltos en el tiempo, desde 1913 hasta la actualidad, siguiendo la estela de Cecil Valance, poeta fallecido en la Primera Guerra Mundial, que escribió un poema de destinatario ambiguo, o misterioso, El hijo del desconocido está pidiendo a gritos una película de James Ivory. Mientras tanto: léanla.

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