"Si se suman dos manzanas, pues dan dos manzanas. Y si se suman una manzana y una pera, nunca pueden dar dos manzanas, porque es que son componentes distintos. Hombre y mujer es una cosa, que es el matrimonio, y dos hombres o dos mujeres serán otra cosa distinta" - Ana Botella

Reprimiendo impulsos: críticas de las películas «Tierra de Dios» y «La batalla de los sexos»

Un pasado estremecedor ha llevado a la comunidad LGTB a reprimir sus impulsos en lo que a sentimientos respecta. Es normal: mientras los demás adolescentes experimentan con los suyos, nosotros hemos de esconderlos, llegando muchos a bloquearlos para siempre. Este es el caso de los protagonistas de las dos películas de las que os hablo hoy, cuyos títulos escucharemos con relativa frecuencia durante la inminente temporada de premios: la estadounidense La batalla de los sexos y la británica Tierra de Dios, ambas en cartelera. La segunda, de la que ya hablé a su paso por el LesGaiCineMad [ver artículo], llega hoy —literalmente— a los mejores cines.

La batalla de los sexos (Battle of the Sexes, 2017) es la última comedia de la pareja de realizadores conformada por Valerie Faris y Jonathan Dayton, quienes nos regalaron hace exactamente una década la divertida Pequeña Miss Sunshine, ingenioso retrato familiar donde tenía lugar también una subtrama homosexual. En este caso, la homosexualidad no es protagonista, pero sí está presente a lo largo de toda una trama centrada en la rivalidad entre dos tenistas: el machista Bobby Riggs (un algo exagerado) y la feminista Billie Jean King (una Emma Stone deliberadamente afeada pero tan carismática como siempre) en 1973. El guion de Simon Beaufoy es demasiado convencional, no logrando tampoco la puesta en escena hipnotizar al espectador siquiera durante los partidos de tenis —entretenidos, pero a años luz de los presentes en la escandinava Borg / McEnroe (Janus Metz, 2017)—, pero sí logra abordar con chispa y sensibilidad tanto el temprano feminismo de los años 70 como la propia homosexualidad. Y es que Billie hubo de mantener en secreto su homosexualidad durante años, lo que, en la cinta, dificulta enormemente la relación con el —algo cursi y demasiado plano— personaje encarnado por Andrea Riseborough. De hecho, son bastante más interesantes los roles de Elisabeth Shue, Bill Pullman, Sarah Silverman y, sobre todo, Alan Cumming, quien pone la guinda al pastel con unas emotivas palabras finales sobre la gente que, como él y como la protagonista, tendría que esperar aún décadas para sacar todo cuanto llevaba dentro. A destacar, eso sí, el estiloso diseño de vestuario de Mary Zophres, quien ya vistió a Stone en el La La Land de Damien Chazelle el año pasado. No estamos ante una gran película, pero sí ante un raro ejemplo de cine comercial estadounidense colmado de personajes homosexuales bien retratados, algo que, sumado a su innegable encanto, bien merece un visionado.

Receptora de la mejor dirección (Word Cinema) del Festival de Sundance, así como de once nominaciones a los premios del cine británico independiente, Tierra de Dios (God’s Own Country, 2017) es una de las grandes óperas primas del año. En ella, Francis Lee nos traslada a una granja de Yorkshire dirigida por una familia cuyo único hijo (maravilloso Josh O’Connor) trata en vano de refugiarse en el alcohol y el sexo de la crisis de identidad que acarrea su escondida sexualidad. La llegada de un inmigrante rumano (Alec Secareanu) descoloca el hasta entonces contenido universo del chico, ofreciendo el gusto del amor un camino tan inesperado como inexplorado que forzará a ambos a replantearse la propia rudeza que la tradición ha implantado en sus corazones, abrazándose por fin pasiones largo tiempo reprimidas. Todo esto recuerda, por supuesto, a la película gay por excelencia: Brokeback Mountain (2005), del taiwanés Ang Lee, donde también asistíamos al autodescubrimiento de dos toscos hombres en crudo terreno campestre (Heath Ledger y  Jake Gyllenhaal), pero en aquel caso el contexto vaquero comprometía aún más la situación. Sin mujeres de por medio ni progenitores demasiado entrometidos, la crisis principal se halla en el interior de los protagonistas. Homofobia interiorizada, ni más ni menos. En el plano secundario encontramos a los veteranos Ian Hart y Gemma Jones (él, irreconocible), ambos excelentes. Cierto es que falta algo de originalidad y sorpresa en la propuesta, resultando la denominación «el Brokeback Mountain británico» al tiempo el mejor de los halagos y el peor de los ataques, pero la suma sensibilidad desprendida por todos sus elementos la convierten en uno de los descubrimientos del momento.

Tanto La batalla de los sexos como Tierra de Dios retratan universos que, bien por el tiempo (los años 70, en el caso de la primera), bien por el espacio (el entorno rural británico, en el caso de la segunda) impiden a sus protagonistas expresarse libremente y disfrutar de su sexualidad sin fantasmas persecutorios. Ambas cintas son, pese a sus peros, muy recomendables tanto para la comunidad LGTB como para la comunidad, a secas, sirviendo de homenaje a todos aquellos que, antes o después, han tenido que reprimir sus propios sentimientos por culpa de un mundo donde ellos no parecían tener cabida, desaprovechando un valioso tiempo que jamás podrían recuperar.

 

 

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