"Si se suman dos manzanas, pues dan dos manzanas. Y si se suman una manzana y una pera, nunca pueden dar dos manzanas, porque es que son componentes distintos. Hombre y mujer es una cosa, que es el matrimonio, y dos hombres o dos mujeres serán otra cosa distinta" - Ana Botella

Sínodo de la Familia y realidad LGTB: se consolida la tendencia a suavizar las formas sin cambios doctrinales de fondo

Tras su comienzo el 4 de octubre bajo el impacto de la salida del armario del sacerdote Krysztof Charamsa, el Sínodo sobre la Familia que está teniendo lugar en Roma ha cumplido ya su primera semana. Aunque la información es ahora más escasa que cuando hace un año tuvo lugar un primer sínodo sobre el tema, es un secreto a voces que la forma de abordar la realidad LGTB es uno de los asuntos que está sobre la mesa. Predomina, y esa parece que será la línea que se imponga, la idea de que debe mantenerse a capa y espada la doctrina oficial pero «suavizando» las formas. Un equilibrio difícil que se muestra aún más complicado si se recuerdan algunos puntos hirientes de esa doctrina.

El actual Sínodo de la Familia, que se extenderá hasta el próximo 25 de octubre y tiene carácter ordinario, es continuación natural del Sínodo extraordinario sobre la Familia que tuvo lugar hace ahora un año. Como se recordará, los documentos surgidos de aquel encuentro tuvieron entonces una notable repercusión, especialmente el informe preliminar que introducía una referencia a los dones que las personas homosexuales aportaban a la Iglesia Una referencia que fue retirada del informe final, que se atuvo al discurso habitual. Tras la esperanza que despertó inicialmente, aquel encuentro se saldo con un resultado que cualquiera interesado en la realidad de las personas LGTB católicas no podía sino considerar decepcionante.

En esta ocasión, a diferencia de entonces, no se conocerá ningún documento durante la reunión, y de hecho es muy posible que ni siquiera se elabore un informe final. Ello no impide conocer que la discusión sobre la realidad LGTB sí está presente, con una repercusión probablemente mayor de la que se preveía tras la bomba lanzada por Charamsa un día antes del inicio del Sínodo. Como era de esperar, el resultado de las discusiones no se adivina precisamente satisfactorio desde el punto de vista LGTB –hay una negativa rotunda a cambiar la doctrina– pero ello no oculta las tensiones internas y las cada vez mayores dificultades para mantener el discurso oficial. En especial, crece la conciencia de que el lenguaje tradicionalmente empleado por la jerarquía es percibido como inadecuado y falto de respeto.

En este sentido han de entenderse las palabras de Thomas Rosica, uno de los portavoces del Vaticano para el Sínodo, y que han sido especialmente difundidas (como pasa últimamente con casi cualquier declaración que no sea puramente condenatoria). El pasado martes 6 de octubre, en una rueda de prensa, Rosica señaló queno nos compadecemos de las personas gais, sino que las reconocemos como lo que son. Son nuestros hijos e hijas, y hermanos y hermanas, y vecinos y colegas”. Por su parte, el cardenal italiano Edoardo Menichelli, arzobispo de de Ancona-Osimo, señalaba que si uno examina la misión y vocación de la familia, se da cuenta de que «un hermano gay» es parte de ella y que eso tiene repercusión en toda ella. También resultaban significativas las palabras de Charles Palmer-Buckle, arzobispo de Acra (Ghana) por provenir de una región con una potente LGTBfobia de base religiosa, que aseguró que el mundo debe tener paciencia con África para que esta aborde de una forma propia el tema de la homosexualidad. “Dadle a los países tiempo para tratar los asuntos desde nuestra propia perspectiva cultural”, afirmó, añadiendo que debe preservarse la “dignidad” de las personas.

Especial atención han llamado las palabras del cardenal Philippe Barbarin, primado de Francia y que destacó por su ferocísima oposición al matrimonio igualitario cuando era debatido en su país. Su intervención no se produjo en el Sínodo, sino en una conferencia que tuvo lugar en nuestro país, pero son sin duda indicativas del ánimo general. Barbarin señaló señala que la doctrina de la Iglesia “no es nueva” pero que el papa la explica “de una manera diferente” y añadió que «la Iglesia no puede rechazar a nadie por ser homosexual», aunque dejó claro que se refería a un trato amable, no a un cambio doctrinal. Para Barbarin, “hay dos tipos de sacerdotes al recibir a los homosexuales, uno les dice que el reglamento de la Iglesia es una tontería y el otro solo se ciñe a él… mientras que el primero mata a Dios, el segundo mata a las personas”.

Los límites de “suavizar las formas”

En definitiva, el Sínodo se niega a modificar la doctrina, aunque parece consciente de que desde fuera esta es vista como discriminatoria. De ahí los esfuerzos por “suavizar las formas” y expresarse con un mayor respeto. Muy lejos estamos ni siquiera de los tímidos avances sugeridos por algunos obispos del norte de Europa, como aquel prelado alemán que hace poco llegó a hablar de bendiciones de parejas del mismo sexo (eso sí, en privado).

Es evidente, sin embargo, la poca coherencia de este enfoque de “suavidad en las formas y firmeza en el fondo”. No hace falta entrar en profundidades teológicas para ver que hay elementos de la doctrina oficial que difícilmente admiten “palabras amables”. Basta con ir a los propios documentos vaticanos. Así, por ejemplo, la Carta a los obispos sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, de 1986, calificaba la “inclinación homosexual» de “objetivamente desordenada” por conducir a un «mal moral». O puede recordarse también otro documento de 1992, Algunas Consideraciones acerca de la respuesta a propuestas legislativas sobre la no discriminación de las personas homosexuales. En este último documento se decía literalmente: “Existen ámbitos en los que no se da discriminación injusta cuando se tiene en cuenta la tendencia sexual: por ejemplo, en la adopción o custodia de niños, en la contratación de profesores o instructores de atletismo, y en el alistamiento militar”.

Decía este documento además que “las personas homosexuales, en cuanto personas humanas, tienen los mismos derechos que todas las demás personas, incluso el derecho a no ser tratados de una manera que ofenda su dignidad personal (cf. n. 10). Entre otros derechos, todas las personas tienen derecho al trabajo, a la casa, etc. Sin embargo, esos derechos no son absolutos. Pueden ser limitados legítimamente a causa de un comportamiento externo objetivamente desordenado. Esto, a veces, no sólo es lícito, sino también obligatorio; no sólo se impondrá a causa de un comportamiento culpable, sino también en el caso de personas enfermas física o mentalmente”.

Con textos así, “suavizar” la forma y tratar con respeto a las personas LGTB sin cambiar la doctrina se antoja muy difícil.

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Comentarios
  1. Cavernarius
  2. daniel

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