"Si se suman dos manzanas, pues dan dos manzanas. Y si se suman una manzana y una pera, nunca pueden dar dos manzanas, porque es que son componentes distintos. Hombre y mujer es una cosa, que es el matrimonio, y dos hombres o dos mujeres serán otra cosa distinta" - Ana Botella

El arte LGTB como provocación: críticas de la película «Eisenstein en Guanajuato», la obra «Amén» y el poemario «Eidolon»

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Poco ha gustado la última película de Peter Greenaway en la homófoba Rusia de Putin. Y es que su Eisenstein en Guanajuato, su obra más accesible en años (lo que tampoco es decir mucho), afirma abiertamente que el mítico realizador, uno de los más importantes de la historia del cine (y una de las personalidades rusas más emblemáticas), era homosexual. Y no se corta un pelo a la hora de representarlo. Dice Greenaway que su idea era homenajear al director de El acorazado Potemkin (1925) representándolo de una manera diferente a la esperada: no como un aburrido intelectual, sino como un hombre petulante que se comporta como un niño; pero lo cierto es que la provocación está indudablemente entre sus principales metas. Y es que nadie muestra a uno de los cineastas más respetados correteando como Dios lo trajo al mundo, disfrutando de torpe sexo amateur y expresando cuanta ocurrencia pasa por su mente sin buscar escandalizar a más de uno. Pero, claro, nos encontramos ante el realizador de El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (1989) y The Pillow Book (1996), ¿qué podíamos esperar?

Eisenstein en GuanajuatoPresentada en la Sección Oficial de la pasada Berlinale, la cinta muestra el viaje que el realizador soviético (Elmer Bäck) realizó a México en 1930 con la idea de rodar una película sobre la revolución. Supuestamente, allí descubrió su homosexualidad, manteniendo una relación esperpénticamente pasional con su guía, Palomino Cañedo (Luis Alberti). Todo en Eisenstein en Guanajuato es deliberadamente histriónico, desprejuiciado y hasta tedioso, desde el delirantemente bello diseño de producción hasta las exageradas interpretaciones, pasando por el enérgico montaje y el sinuoso vestuario (o la falta de él), siendo el resultado una experiencia tan fascinante como cargante cuya recepción dependerá de cada mirada. Personalmente, la encuentro excesivamente chirriante, pero también interesante y atractiva, confeccionándose cada escena como una sugestiva sorpresa que no dejará a nadie indiferente. Indudablemente vale la pena como experimento, pero cabe esperar que las inminentes La chica danesa y Carol —¡gran momento para estrenos de cine LGTB!— granjeen mayor satisfacción el espectador medio.

AménLa provocación es también la consecuencia de otras dos obras que he digerido —no sin dificultad— últimamente: el conjunto de poemarios Eidolon y la obra teatral Amen. Empiezo por esta última, escrita y dirigida por Carlos Be (The Zombie Company) a partir de escabrosos hechos reales en torno a la homosexualidad —y la homofobia, claro—, así como la hipocresía que rodea a la religión y los derechos sociales. En el minimalista Café del Kosako madrileño, los carismáticos Carlos López y Jorge Yumar se enfrentan sin demasiados abalorios a un texto descompuestamente desordenado en el que deben cambiar de personaje y tono constantemente. Y es que en Amén hay sitio para casi todo, desde la dramática oscuridad eclesial hasta el musical más tontorrón y el baile más provocador, siendo destacable la habilidad de intérpretes y puesta en escena para convencer al espectador con tan pocos medios. Bien por el equipo. Lamentablemente, tal es la cantidad de temas que la obra intenta albergar en apenas una hora (desde la ejecución de homosexuales en Irán hasta las contradicciones de la pederastia) que el resultado termina sin profundizar en nada, resultando algo inane para quienes ya estamos familiarizados con las injusticias afrontadas por la comunidad LGTB durante los últimos años. Así, la encomiable voluntad de denuncia de la obra se ve lastrada por el hecho de que su público objetivo no necesita que se le recuerde constantemente (y de modo tan crudo y reiterante) algo de lo que ya es consciente. Gracias a su dinámico ritmo e involucrados intérpretes, el espectáculo mantiene la atención de un público al que involucra acertadamente, pero lo tiene difícil para dejar huella.

EidolonLa desesperación latente en Amén nos lleva a los dos primeros volúmenes de la obra Eidolon (Arcadia desolada y En la tierra de Nod), en los que Pedro Juan Gomila Martorell lanza un grito de rabia sobre lo que fue nacer siendo gay en el franquismo, un grito largo tiempo contenido que estalla de forma desesperadamente oscura. Entre el miedo a la existencia y la confesión de placeres secretos, el autor saca todo lo que lleva dentro con una valentía que recordaría a la de Chris Pueyo en El chico de las estrellas de no ser los resultados tan oscuros y la esperanza tan escasa. A diferencia de este, hijo de la era pop, Gomila tira de referencias bíblicas y mitológicas, siendo las metáforas tan enrevesadas que requieren un largo listado de notas explicativas al final de cada volumen. A nivel métrico, la estructura es algo repetitiva e incluso ripiosa, si bien el buen uso del lenguaje y la tensión poética lo compensan. Se trata, por tanto, de una obra dirigida a un público muy concreto: aquel con referencias y vivencias similares a las padecidas por el autor, o sea: aquel que probablemente se identifique más que un servidor con la desagradable oscuridad en la que sume su lectura. Sobrecogedor, tortuoso e impolítico, Eidolon es al tiempo un manifiesto de derrota y victoria de un hombre que trata de dar sentido a la siempre difícil existencia.

Las tres obras analizadas hoy (Amén, Eidolon y Eisenstein en Guanajuato) pecan de una provocación que no necesariamente llegará a los oídos necesarios, si bien la película de Peter Greenaway sí ha logrado, gracias a la fama de su creador, provocar polémica a nivel internacional (sobra decir que comparar la enésima producción de un aclamado director con dos obras españoles exentas de presupuesto y promoción carece de sentido alguno, pero es lo que hay). En cualquier caso, la provocación y la reflexión estarán presentes en gran parte del arte LGTB hasta que la comunidad sea plenamente aceptada (algo que, tristemente, ninguno de nosotros verá), con lo que, aun siendo desagradables y dolorosas, este tipo de creaciones artísticas merecen un hueco en el mundo. Así responde Peter Greenaway (al que los excesos de Eisenstein en Guanajuato ya le han costado la invitación al Festival de Moscú) cuando le preguntan por su afán provocativo: “los artistas tenemos la oportunidad de ser incómodos. Goya, Picasso… Hay algo muy incómodo en lo que dicen y en lo que hacen. Te hacen pensar de modo distinto. Es una obligación de los artistas”.

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Comentarios
  1. DanielGrimoir

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