"Si se suman dos manzanas, pues dan dos manzanas. Y si se suman una manzana y una pera, nunca pueden dar dos manzanas, porque es que son componentes distintos. Hombre y mujer es una cosa, que es el matrimonio, y dos hombres o dos mujeres serán otra cosa distinta" - Ana Botella

El sacerdote y psicoterapeuta Tony Anatrella, uno de los ideólogos católicos que con más ahínco promovió la homofobia de la Iglesia, sancionado por abusar de varios expacientes

El arzobispo de París ha suspendido al psicoanalista y sacerdote Tony Anatrella como resultado del proceso canónico que le fue abierto el año pasado. El sacerdote fue investigado a raíz de las acusaciones de abuso por parte de varios de sus pacientes. El de Anatrella es un caso especialmente significativo, pues este sacerdote ha sido una de las voces a las que la Iglesia católica ha dado mayor autoridad a la hora de justificar sus posturas homófobas, llegando incluso a colaborar en el Vaticano como asesor en dos Consejos Pontificios.

Según la sanción impuesta por el arzobispo de París, Michel Aupetit, a Tony Anatrella se le prohíbe ejercer el ministerio sacerdotal, confesar, y en especial se le ordena que cese toda «actividad terapéutica». «Monseñor Autpetit le ha indicado que no se le confiará más ningún ministerio sacerdotal. Le ha requerido que no vuelva a escuchar la confesión de los fieles, que renuncie a la dirección o acompañamiento espiritual, así como que renuncie a toda intervención pública», señala la diócesis en un comunicado a France-Presse, recogido por el diario Le Figaro.

Tony Anatrella es una figura bien conocida en entornos católicos. Sacerdote y psicoanalista francés, ha sido una de las personas más referidas como «autoridad intelectual» para apoyar las posturas homófobas de la jerarquía. Sin embargo, las crecientes sospechas de abusos a sus pacientes, recogidas por testimonios de afectados, llevaron finalmente a que el anterior arzobispo de París, André Vingt-Trois, abriera un proceso canónico a principios de 2017 (en buena medida, era el único camino que quedaba abierto, al haber prescrito varios de los casos para el Derecho Civil). La decisión se tomó después de un año de investigación en que se recogieron testimonios de 10 expacientes. El proceso no se llevó a cabo en la propia archidiócesis de París, ya que Anatrella había colaborado con ella en el pasado. El entonces arzobispo solicitó al Tribunal de la Signatura Apostólica un cambio de lugar para el proceso, y se eligió la Oficialía Interdiocesana de Toulouse.

En realidad, las sospechas venían de mucho tiempo atrás. En 2001, Daniel Lamarca, paciente de Anatrella entre 1987 y 2001, denunció a su antiguo terapeuta ante el arzobispo de París, que entonces era el cardenal Jean-Marie Lustiger. Sin embargo, su denuncia no encontró eco alguno. Posteriormente, en 2006, otros dos hombres se unieron a Lamarca y denunciaron la conducta inapropiada del sacerdote-terapeuta, pero el que ya era nuevo arzobispo de París, André Vingt-Trois, ignoró estas nuevas denuncias con el habitual argumento de que eran maquinaciones de un «lobby gay» para dañar a Anatrella.

Sin embargo, el goteo de expacientes continuó, con testimonios coincidentes. Según contaban, Anatrella incluía en la «terapia» contactos corporales que incluían los genitales. Un ejemplo es el testimonio que uno de los afectados, «Fabien», reportó al responsable de la investigación llevada a cabo en París, incluido en un reportaje del semanario católico La Vie. Fabien había sido remitido a Anatrella para tratarse en 1997. Para un joven católico homosexual como él, un psicoterapeuta católico y sacerdote parecía ofrecerle garantías. Pero el panorama que encontró fue muy distinto: «para poder resolver un déficit de afecto de parte de mi padre, nacido en la infancia, me dijo que era necesario que la viviera con mi sexo de hombre púber. Me propuso un ‘paso al acto’ con él. Lo rechacé al principio. Pero al cabo de un momento, acepto; esperaba verdaderamente que eso me haría progresar en mi terapia (…) No había ningún plan ni ningún límite. Comprendí que el fin era acostarnos. Dejé de tener esas sesiones particulares cuando toqué sus genitales. No me gustó nada».

Especialmente destacable a la hora de dar voz a las víctimas ha sido la labor del dominico francés Philippe Lefèbvre, reseñada por Cameron Doody y Hendro Munsterman en Religión Digital, quien durante mucho tiempo ejerció prácticamente en solitario la oposición a Anatrella y su enorme poder, y que ha denunciado que la Iglesia católica trató de silenciarle con prácticas «de la mafia».

Una célebre e influyente «autoridad intelectual».

El hecho de que Anatrella no pudiera ser investigado en el arzobispado de París por haber colaborado con sus autoridades da ya idea de la importancia que este sacerdote ha tenido en el seno de la Iglesia católica francesa, pero también en el Vaticano, donde llegó a ser asesor para los Consejos Pontificios para la Familia y para la Pastoral de la Salud.

Y es que Tony Anatrella ha sido citado frecuentemente en seminarios y centros educativos católicos, también en España, e incluso por medios conservadores laicos (como en este artículo de Libertad Digital publicado en su momento contra las políticas de José Luis Rodríguez Zapatero). Era tenido por un gran experto que refutaba la defensa de los derechos de las personas LGTB. Es además significativo que haya tres libros suyos traducidos al español: La diferencia prohibida, El sexo olvidado y Contra la sociedad depresiva.

Anatrella, de hecho, fue uno de los principales proveedores de argumentos a favor de la prohibición a los homosexuales del acceso al sacerdocio. En una entrevista a L’Osservatore Romano afirmó que la homosexualidad «aparece como una incompletitud, una inmadurez forzosa», y por tanto los homosexuales «no están en disposición adecuada para casarse, para adoptar niños y para acceder al sacerdocio». Más aún, según él «los sacerdotes homosexuales tienden a desviar su función hacia fines narcisistas. Están en la seducción y tienen serias dificultades para situarse institucionalmente en la cooperación con los demás».

Resulta realmente difícil considerar con detalle sus opiniones y mantener el sosiego, pero merece la pena para ver quién fue esta «autoridad católica» en Francia y más allá. Según Anatrella, la homosexualidad es el resultado de una detención del desarrollo sexual. Es igualmente una negación de la diferencia sexual que hace imposible una auténtica entrega al otro. Más aún, al situar la heterosexualidad como cumbre del desarrollo de la personalidad, el homosexual es una persona esencialmente incompleta e inmadura. Llegaba a decir por ejemplo que «La necesidad compulsiva de asistir a fiestas y de encontrarse en determinados lugares con personas de su misma tendencia responde al deseo irreprimible de decapitar la angustia provocada por la incompleción sexual», llegó a escribir en Contra la sociedad depresiva.

Esta peculiar teoría de la personalidad se utiliza como base para negar todo reconocimiento legal a las parejas del mismo sexo: si decir homosexualidad es decir crecimiento truncado, darle reconocimiento social supone promover la inmadurez en la sociedad y amenaza con socavar sus fundamentos. Así por ejemplo, en Contra la sociedad depresiva escribe lo siguiente:

«La ‘tolerancia’ con respecto a la homosexualidad es una de las formas en que se traduce el carácter depresivo de nuestra sociedad, en la que es fácil ver cómo las representaciones sexuales se fragmentan como si la pulsión sexual no debiera ya buscar la unidad sino la dispersión (…). Evidentemente, la sexualidad humana accede tanto más difícilmente a una dimensión social cuanto que se mueve en un contexto que desvaloriza la procreación y fomenta las demandas de reconocimiento social de la homosexualidad»

Más adelante afirmaba:

«Una sociedad que piensa que la homosexualidad puede ser un modelo social y la inscribe en su ordenamiento jurídico es una sociedad que se cierra a su propio devenir. Peor aún, la homosexualidad concebida en este sentido es la negación misma de la sociedad, que, por su propia naturaleza, está llamada a permanecer abierta a la diferencia (la heterosexualidad) y al desarrollo».

Con todo, esto no era lo peor, pues incluso llegaba a decir lo siguiente:

Por supuesto que hay que condenar firmemente las expresiones voluntariamente malévolas, las discriminaciones y los gestos violentos contra personas homosexuales (…). Sin embargo, cuando se propala a todos los vientos la idea de que el modelo homosexual es también una referencia social, y que debe ser protegido y organizado por la legislación civil, no hay que extrañarse de que las reacciones puedan ser muy vivas….

Por lo demás, en la historia personal de quien esto escribe, Anatrella ha jugado a su manera un papel. Cuando aún estaba aceptando mi sexualidad, supe de las ideas de Anatrella. La lectura de sus páginas sobre homosexualidad en Contra la sociedad depresiva me dejaron impactado. Sin embargo, lejos de convencerme, fueron un acicate para pensar en qué no tenía razón. Por ello, paradójicamente, leer a este “experto” me hizo fortalecer mis argumentos y reafirmarme en mi elección vital de gay cristiano.

Sea como sea, los responsables de la Iglesia católica deberían reflexionar profundamente acerca de las personas en quienes han confiado como expertos, lo mismo que aquellas terminales mediáticas y editoriales que difundieron sus ideas y textos como expresión de un saber experto.

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Comentarios
  1. Sss
  2. Juan Cruzado

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