"Si se suman dos manzanas, pues dan dos manzanas. Y si se suman una manzana y una pera, nunca pueden dar dos manzanas, porque es que son componentes distintos. Hombre y mujer es una cosa, que es el matrimonio, y dos hombres o dos mujeres serán otra cosa distinta" - Ana Botella

No es cosa de niños

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Tenemos una asignatura pendiente con los niños. ¿Porqué es tan impensable que podamos mostrarles ya desde pequeños la diversidad sexual? ¿No frenaría este conocimiento la homofobia posterior? Si es así (y parece lógico que lo sea), ¿porqué nadie o casi nadie se atreve a hacerlo? Si planteáis esta pregunta a un heterosexual, es probable que os responda con una evasiva: os dirá que no le gusta hablar de homosexualidad a un niño, pero tampoco de heterosexualidad: que el sexo no es cosa de niños. La respuesta, por incoherente, me parece muy molesta. Y no lo digo por las evidencias de que la sexualidad se desarrolla ya desde la infancia: sino porque es una postura absolutamente hipócrita.

¿Se ha parado a analizar esta persona los cuentos que narra a sus hijos por las noches? Príncipes y princesas campan a sus anchas por los relatos infantiles, buscando y proclamando su amor heterosexual, que se presenta como el único final feliz, el objetivo a perseguir. Pero no hace falta viajar a reinos lejanos: basta acercarse al parque del barrio. Allí, la amable vecina del quinto le preguntará al niño de apenas cuatro años si ya tiene novia. Curiosamente, la madre no responderá fulminando a la vecina con la mirada por haber introducido un componente sexual en la vida de su inocente retoño. Muy al contrario: orgullosa, le reirá la gracia, que será repetida muchas otras veces por abuelos, tenderos o cuidadores. Imagináos preguntarle a una niña: «¿te has echado ya novia?» ¿Cómo reaccionaría la madre?

Continuando con el mundo narrativo, vale la pena asomarse al cine para niños. Es impensable introducir un componente gay en una película familiar (en la que sí abundan las tramas románticas, tanto entre niños como entre adultos). En el cine de animación la cosa es aún peor: ni siquiera la presencia del influyente productor y abiertamente gay David Geffen (del estudio Dreamworks) ha motivado ningún tímido intento en este sentido. No es de extrañar, claro, teniendo en cuenta por ejemplo el tremendo revuelo que se montó en Viena ante el estreno de la obra de teatro infantil «Rey y Rey», en la que el príncipe se da cuenta de que quien le gusta es… otro príncipe. Y sí, hay algún cuento para niños, algunos muy bonitos (como «Tres con Tango», la historia real de dos pingüinos machos que quieren ser papás), pero no dejan de ser obras desconocidas que nadie encontrará si no las va buscando expresamente.

Y mira que hay casos que parecen perfectos para introducir al menos una ambigüedad, un respiro a la heterosexualidad impuesta. Estoy hablando de la aclamada película de animación «Wall-E», protagonizada por robots: en un intento de sexualizar lo insexualizable, dos de estas máquinas, que no tienen voz y ni siquiera son antropomorfas, viven una historia de amor. Y por supuesto, se les nombra adecuadamente para seguir la norma heterosexual: Wall-E (pronunciado Wally) y Eva. ¿No era una gran ocasión para otorgarles nombres neutros, dejando una puerta abierta a la diversidad?

La raíz de todo, evidentemente, está en no meterle al niño ideas raras en la cabeza. Si dejamos que el niño vea a dos chicos dándose un beso, ¡menudo lío! Empezará a hacer preguntas incómodas, o incluso a lo mejor se vuelve maricón. Las protestas contra el medio (sea cine, teatro o libro) estarían aseguradas. Por no hablar de aquellos que, bendita su ignorancia, ven en un homosexual un pedófilo en potencia y si hablan a su hijo de los gays será para decirle que se mantenga bien lejos de ellos.

Hay dos cosas paradójicas en todo esto, que me gustaría destacar. La primera es que ningún padre parece plantearse que su propio hijo podría efectivamente ser gay, y por tanto al vendarle los ojos no está más que haciéndole daño al impedirle comprender su propia identidad. Aún más curioso es que, incluso cuando aparezcan las primeras sospechas, insistirán los padres en resistirse a hablar de ello con su hijo, como si por el mero hecho de verbalizarlo temieran estar dándole el empujón definitivo para empadronarse en Sodoma. El resultado es que el menor se encontrará sintiendo cosas que ni siquiera sabrá que puedan sentirse.

La segunda paradoja la ilustraré con una anécdota reciente. Estaba yo en casa de una amiga, recién terminada la clase que le había dado a su hijo. El niño, de unos diez u once años, insistió en jugar en la consola a uno de esos juegos con pequeñas pruebas de agilidad mental. En ese momento estábamos solos el niño, su padre y yo. Cuando apareció una inocente mariquita en la pantalla, el niño le espetó con naturalidad: «¡otra maricona!» El padre, ante el comentario, me miró y emitió una risita incómoda como diciendo «hay que ver, estos niños…», pero no dijo nada. Su risa consentidora, carente de reproche, le delataba: esa palabra la había aprendido el niño de su propio padre, un hombre joven y de izquierdas (ya no te puedes fiar de nadie) cuya homofobia yo ya conocía por mi amiga; lo que no sabía es que ya se la estaba transmitiendo a su hijo. Y ahí está lo curioso: las referencias a la homosexualidad son tabú para los niños, pero la homofobia goza de total impunidad, no es problemática para los padres, como sí lo serían otro tipo de insultos.

Después de ese episodio, cuando veía algún crío en el parque, me preguntaba: ¿cuándo será la primera vez que este inocente niño escuchará las palabras «maricón» o «bollera», seguramente en su propia casa? ¿Cuándo aprenderá que hay insultos que sí se pueden decir? ¿Cuándo su maleable cabecita deducirá que atacar a los maricas no es tan grave? De ese parque saldrán los adolescentes acosadores de mañana, los futuros políticos, los jurados populares, y algún día serán ellos los padres de otros niños: el ciclo de la homofobia se habrá perpetuado.

Desde mi punto de vista, sólo la pedagogía nos sacará de este apuro: creo que hace falta educación desde una edad temprana, algo que sí se está abordando con otras discriminaciones como el racismo. Pero nosotros seguimos siendo tabú para los niños, no podemos llegar a ellos. ¿Creéis que esta situación llegará a cambiar a corto plazo? ¿Pensáis que debe cambiar? ¿Habría sido vuestra vida diferente si hubiéseis tenido acceso a referentes LGBT desde la infancia? De momento está claro que, para esta sociedad, la diversidad sexual no es cosa de niños; la homofobia, por lo visto, sí.

Al

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