"Si se suman dos manzanas, pues dan dos manzanas. Y si se suman una manzana y una pera, nunca pueden dar dos manzanas, porque es que son componentes distintos. Hombre y mujer es una cosa, que es el matrimonio, y dos hombres o dos mujeres serán otra cosa distinta" - Ana Botella

La (des)estigmatización del VIH y el sida: críticas de “120 pulsaciones por minuto” y “Philadelphia”

Muchos son quienes relacionarán siempre el final de los años 80 y el comienzo de los 90 con el VIH, una espantosa infección vírica que se extendió como la pólvora a raíz del desconocimiento respecto tanto a su transmisión —que no contagio— a través de relaciones sexuales y transfusiones de sangre (fuera por motivos médicos o por el uso de drogas) como a su cura. Y es que hoy en día el VIH está relativamente controlado (que en absoluto solventado), pero en su día supuso un verdadero horror al provocar un a menudo mortal empobrecimiento del sistema inmunitario conocido primero como “cáncer gay” y rápidamente como sida. Relacionada en su día con la comunidad gay por motivos que nada tienen que ver con la identidad sexual (ante el inexistente riesgo de embarazo, el uso de preservativo parecía innecesario, claro), esta enfermedad es hoy en día especialmente preocupante en las regiones pobres de África, pero siempre estará asociada a la comunidad LGTB, quizá porque fue esta la que optó por encabezar la lucha al ver que nadie deseaba hacerlo. Este es el principal motivo de que la inmensa mayoría de películas sobre el VIH sean de temática gay. Hoy hablo de dos de ellas: la canónica (para bien y para mal) Philadelphia y la recién estrenada 120 pulsaciones por minuto, dos miradas opuestas al sida tanto por el contexto en que fueron rodadas como por las motivaciones que llevaron a hacerlas.

Philadelphia (1993) fue la respuesta de Jonathan Demme ante quienes lo tacharon de homófobo debido al maltrato que su oscarizada El silencio de los corderos (1991) daba a su único personaje LGTB (un travesti lunático que no sólo asesinaba a su amante sino que era por completo ridiculizado). Para ello, el cineasta recurrió a dos de las grandes estrellas hollywoodienses de ayer y hoy: Tom Hanks y Denzel Washington. El primero encarnaba a Andrew Beckett, un joven y prometedor abogado de Philadelphia (ciudad que sin explicación alguna da título al film) que es despedido del bufete en el que trabaja cuando sus jefes se enteran de que ha contraído el sida; el segundo, al prestigioso abogado que, pese a su propia homofobia, acepta llevar el caso después de que todos los abogados lo rechacen. Colmada de buenas intenciones, la cinta puso el vih en el punto de mira de Hollywood, especialmente cuando Hanks se alzó con su primer Óscar en una ceremonia donde también fue premiado Bruce Springsteen por su emotiva canción “Streets of Philadelphia”. Por consiguiente, siempre le estaremos agradecidos. Sin embargo, vista en perspectiva, esta obra es un claro ejemplo de cine social hecho desde fuera, o sea, por personas ajenas tanto al colectivo gay como al vih que terminan aportando la perspectiva establecida a un tema harto delicado (aun partiendo del guion de Ron Nyswaner, guionista abiertamente homosexual del que os hablé a raíz del estreno de Freeheld [ver artículo]). Claro ejemplo de ello es el tratamiento del protagonista, a quien se retrata como un pobre hombre que contrajo el sida por mala suerte (se recalca una y otra vez que tan sólo tuvo relaciones de riesgo una vez, lo que aparentemente lo convierte en inocente frente a quienes sí llevaban una vida “libertina”), así como el conservadurismo con que se plasma su relación con el personaje de Antonio Banderas (a quien Hanks no besa siquiera). Al final, el amor por la ópera pesa más que el propio vih, aun cuando aquel no deja de suponer un toque de esperanza en la lucha contra la rendición. En lo que a desestigmatización respecta, digamos que hizo más por la comunidad gay que por el vih, pero no seré yo quien amoneste uno de los primeros intentos de Hollywood de dar a ambas cuestiones la atención que merecían.

Receptora del Gran Premio del Jurado del último Festival de Cannes, donde se ganó las lágrimas del presidente del mismo, nuestro Pedro Almodóvar, 120 pulsaciones por minuto (120 battements par minute, 2017) es una de las películas más admiradas del año. Y lo cierto es que nadie debería sorprenderse tras visionarla: pocas películas se han acercado al ya manido tema del sida con tanta honestidad, revelando sus innegables horrores sin dejarse arrastrar por el melodrama, de forma que sean sus víctimas, y no sus síntomas, quienes se lleven el protagonismo. Tras Chicos del Este (2013), aguda mirada a la prostitución masculina, Robin Campillo vuelve a dedicarse al mundo gay, en esta ocasión trasladándonos al París de principios de los años 90, donde un grupo de jóvenes activistas del grupo Act Up intenta generar concienciación sobre el vih. Conmovedora pese a su perenne apuesta por el realismo, 120 pulsaciones por minuto ofrece un homenaje perfecto a quienes vivieron el horror del brote del vih de primera mano en forma de canto de amor por la vida, con un reparto inmejorable liderado por Nahuel Pérez Biscayart y Adèle Haenel que saca máximo partido de los honestos y naturales diálogos de un realizador cuyo trabajo más representativo sigue siendo el cuasidocumental guion de La clase (2008) de Laurent Cantet. Pese al erotismo bañado en tristeza de los encuentros sexuales y el impacto de las febriles escenas sobre el terror del VIH (impulsadas por el portentoso montaje con el que el propio Campillo se hizo con el único Premio de Cine Europeo que recayó sobre la cinta y el taladrante uso del remix de Arnaud Rebotini del “Smalltown Boy” de Bronski Beat), es en la franqueza con que se presentan los debates entre los activistas, en cuyo seno surge todo tipo de posiciones ideológicas, donde se halla la joya de la corona de este clásico instantáneo del cine LGTB que también se alzó con el Premio Sebastiane a mejor película LGTB del Festival de San Sebastián [ver crónica] y el Premio Especial del Jurado del LesGaiCineMad [ver crónica], dos certámenes donde ya os hablé de ella (prometo no volver a hacerlo hasta final de año).

Philadelphia y 120 pulsaciones por minuto son acercamientos de corte opuesto al horror del sida: la primera está hecha “desde fuera” y la segunda, “desde dentro”. Empero, hablamos también de contextos opuestos, con lo que ambas merecen nuestro cariño y atención. Si no habéis visto todavía Philadelphia, este es un momento tan bueno como cualquier otro para hacerlo. Entretanto, no dudéis en acudir al cine a ver 120 pulsaciones por minuto, una de las películas más especiales del año.

 

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