"Si se suman dos manzanas, pues dan dos manzanas. Y si se suman una manzana y una pera, nunca pueden dar dos manzanas, porque es que son componentes distintos. Hombre y mujer es una cosa, que es el matrimonio, y dos hombres o dos mujeres serán otra cosa distinta" - Ana Botella

Ser gay en el instituto… y tomárselo con humor: críticas de las películas “Alex Strangelove” y “G.B.F.”


Aunque ser gay en el instituto es en muchas ocasiones una pesadilla, cada vez son más las películas que se permiten tomarse la experiencia con humor, quizá como forma de dejar atrás los fantasmas del pasado, quizá, sencillamente, porque extraer humor de determinadas situaciones es tan fácil como satisfactorio. Si se hace bien, claro. Las dos películas de las que hablo hoy carecen de un estatus crítico extraordinario (tampoco aspiran a él), pero extraen carcajadas a raudales a la vez que exploran la homosexualidad masculina juvenil de un modo bastante más inteligente de lo que aparentan. Estas son: Alex Strengelove, producción de Netflix recién estrenada, y G.B.F., que no llegó a estrenarse en su día en cines comerciales pero puede verse ahora legalmente gracias a dicha plataforma (cuya oferta LGTB, por cierto, es envidiable).

Alex Strangelove (2018) es la última película del guionista y director abiertamente gay Craig Jonson, quien ya abordó la homosexualidad con gran ingenio en The Skeleton Twins (2014). En ella observamos cómo el irónicamente llamado Alex Truelove (Daniel Doheny) afronta su último año de instituto con todo lo que se puede soñar… En apariencia, claro: buenas notas, un grupo de amigos estupendo y una novia aún más estupenda (Madeline Weinstein). ¿El problema? Que, pese a que todo le ha ido últimamente sobre ruedas a nivel romántico, hay algo en el acercamiento sexual con la persona que ama que le repele. Y, lo que es más preocupante, Elliott (Antonio Marziale, absolutamente irresistible), un risueño chico gay sin miedo a revelar sus sentimientos, sí despierta en él algo… extraño, inesperado y aterrador. Algo que nunca ha querido plantearse. ¿Es Alex gay? ¿Bisexual? ¿Asexual? ¿Qué le sucede? Desde luego, tiene delante dos opciones perfectas por sí solas, pero algo le impide lanzarse a la piscina y abrazar la tranquilidad que se merece. Entretanto, asistimos a una sucesión de aventuras estudiantiles pobladas de simpáticos personajes donde la hilaridad abunda, las lágrimas se imponen de vez en cuando y los prejuicios brillan por su ausencia. Un guion simpático que no teme ser duro cuando hace falta y un reparto absolutamente encantador conforman un entretenimiento idóneo para que toda la familia reflexione sobre la sexualidad con una sonrisa en los labios.

Por su parte, G.B.F. (2013) es la segunda y hasta el momento última película de Darren Stein, quien ya nos hizo reír estúpidamente con El caramelo asesino (1999), donde tres chicas populares matan por error a la reina del baile. En esta ocasión, la propuesta es similarmente absurda: tres divas (Sasha Pieterse, de Pequeñas mentirosas; Andrea Bowen, de Mujeres desesperadas, y Xosha Roquemore, de The Mindy Project, ¡ vaya trío!), pelean entre sí por la atención del nuevo chico gay de la clase (Michael J. Willett), sacado accidentalmente del armario por otro compañero homosexual (Paul Iacono). Y es que ellas tienen todo lo que hace falta para ser supercool… salvo la última moda: un “G.B.F.”, o sea, un “Gay Best Friend (Mejor Amigo Gay)“. Pese a la esencia tontorrona, esta película aprovecha para hacer un elaborado comentario sobre los prejuicios y los tópicos de la comunidad homosexual y nos regala 90 minutos de risas sin fin. Todo el reparto, que también incluye a Evanna Lynch (Luna Lovegood en la saga Harry Potter) como la ridícula líder del grupo antigay, está perfecto, abundando las referencias a films míticos de los últimos años, desde Chicas malas (2004) hasta Brokeback Mountain (2005) a través de diálogos tan absurdos como punzantes. Al final, G.B.F. es todo un éxito porque consigue reírse de todos los tópicos sobre la comunidad gay y destaparlos, sin cometer el clásico error de caer en ellos.

Infravalorar Alex Strangelove y G.B.F. es tremendamente fácil, pero lo cierto es que visionarlas sin una sonrisa de oreja a oreja es, a su vez, tremendamente difícil. Ambas comedias cumplen, además, con la importante función de dar al público adolescente historias con las que empatizar, tanto si son ellos mismos homosexuales, como si, sin serlo, necesitan también vivir la homosexualidad con normalidad. Quizá algunos de sus elementos se antojen exagerados, pero, creedme, en los institutos de EEUU la realidad supera con creces a la ficción.

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