"Si se suman dos manzanas, pues dan dos manzanas. Y si se suman una manzana y una pera, nunca pueden dar dos manzanas, porque es que son componentes distintos. Hombre y mujer es una cosa, que es el matrimonio, y dos hombres o dos mujeres serán otra cosa distinta" - Ana Botella

Vida de un chapero enamorado: crítica de «Sauvage» y entrevista a su director Camille Vidal-Naquet

¿Cómo es la vida de un chapero? Las respuestas varían, pero pocos tienen siquiera alguna en la mente. Con su ópera prima, el francés Camille Vidal-Naquet no busca retratar el variopinto universo de los trabajadores del sexo, pero sí a uno de ellos: el sensual pero desarraigado Léo, cuya vida ficticia no debe tomarse de referencia pero sí sirve para ir más allá de la objetivación del cuerpo y hasta el alma que este modo de vida acarrea. Porque si algo logra Sauvage (2018) es destruir tópicos para ofrecer una visión humana y desprejuiciada que derribe barreras entre la prostitución masculina (o, al menos, quienes la ejercen) y la sociedad contra la que el propio título se rebela. Quizá sea la película LGTB del año, y por fin la tenemos en cartelera.

Encarnado por un magnífico Félix Maritaud que ya nos enamoró recientemente con 120 pulsaciones por minuto [crítica] y Knife+Heart [crítica], Léo es un salvaje que ha optado por una vida que dista de lo que la mayoría consideraría vida siquiera. El descarnado y naturalista trabajo fotográfico de Jacques Girault le sigue como si de su propia sombra se tratara, retratándolo como un animal herido que, al igual que cualquier perro callejero, sólo desea algo de cariño, pero no necesariamente de quien puede granjeárselo. Y es que, en el fondo, Sauvage es una historia de amor. Del que profesa por Léo el bueno de Claude (Philippe Ohrel), cuya absoluta entrega trae a la mente la notable Chicos del Este (2013), donde Robin Campillo retrataba la relación chapero-cliente desde la otra cara de la moneda. Y, sobre todo, del que Léo siente por Ahd (Éric Bernard), su compañero de batallas, otro chapero más fuerte de espíritu que le sirve al tiempo de protector y fuente de desgracia. A diferencia de Claude o el propio Léo, Ahd es heterosexual y por tanto incapaz de amar a otro hombre, lo que en teoría vuelve su trabajo más difícil pero es en el fondo una bendición a la hora de no dejarse arrastrar por él. Léo, entretanto, vive lo mejor y lo peor de una profesión donde cada cliente es un mundo y el resultado puede ir desde el sadomasoquismo más cruel hasta el achuchón más acogedor; la cinta no se adentra en el incendiario debate en torno a la prostitución, pero sí nos recuerda su labor social más allá de la lujuria a través del cariño con que Léo trata a clientes mayores o discapacitados que difícilmente podrían disfrutar de su sexualidad de otro modo.

No hay mayor consuelo para el introspectivo personaje y para la audiencia que el encuentro con esa doctora que, por unos maravillosos minutos, se torna en figura maternal: que Léo se tumbe en la camilla de costado, como si esta fuera la cama que tanto necesita (poco antes ha reconocido no recordar siquiera cuándo durmió por última vez), es un tiernísimo follow-up para el inolvidable abrazo que, con la ingenuidad de un niño, acaba de dar a la mujer. Buena parte de la magia de Sauvage reside, de hecho, en su contrastado protagonista, que no sólo es al tiempo la bella y la bestia del cuento, sino que además tiene la inocencia de quien aún no ha vivido nada y la brutalidad de alguien que ha vivido demasiado. Quizá él, en su afán instintivo por seguir adelante, logre dejar atrás aquello que necesita olvidar, pero su cuerpo es incapaz de hacerlo. Por eso es tan duro, emotivo y revelador cada uno de los momentos en que lo vemos dormir, desde la soledad de un sucio callejón hasta el candor de los brazos de quienes ama y lo aman, felicidad que nunca deja de antojarse efímera.

Confiando en que aprovechéis su paso por cartelera para verla, os dejo con mi entrevista al director de Sauvage, Camille Vidal-Naquet, a quien por cierto auguro una fantástica carrera que sólo acaba de empezar.

Mucho ha llovido desde la presentación de Sauvage, tu primer largometraje. Habrás concedido muchas entrevistas… ¿Qué es lo que más te preguntan?

Me preguntan mucho sobre la concepción del cuerpo, que siempre fue el tema central de la película: el cuerpo como una herramienta de trabajo. Y para mí la prostitución es un trabajo como cualquier otro. También me plantean muchas cuestiones sobre la prostitución en general, y lo curioso es que lo hacen como si yo fuera un experto en el tema; sólo puedo responder desde el punto de vista cinematográfico, claro.

¿Pero contactaste con expertos durante la preproducción?

La verdad es que no, pero sí estuve en contacto con una asociación a lo largo de tres años y conocí a muchos trabajadores del sexo, con los que desarrollé fuertes lazos. Sin embargo, es solo una experiencia con un tipo de prostitución en un sitio en concreto; por supuesto, hay muchos más. No soy un experto en absoluto, pero nunca pretendí entender la prostitución como tal: solo quise estar cerca de estos chicos, ver cómo viven. Me interesaba el lado humano, no tanto el lado social.

¿Cómo cambió tu punto de vista tras esta experiencia?

Creo que tendemos a ver la prostitución como una función; hablamos de “los prostitutos” en general, como si no fueran otra cosa, pero antes de eso son personas, con personalidades y sentimientos de todo tipo. Y de eso va la película: de seres humanos, como cualquier otro. Convivir con ellos me hizo ser más consciente de eso… Me ayudó a encontrar la mejor forma de representarlo.

Es un tema muy concreto y especial para tratarse de una ópera prima… 

La verdad es que empecé con un personaje que ya he desarrollado en mis cortometrajes previos: un chico joven que busca el amor y está perdido en un mundo brutal, alguien sin pertenencias, que siempre lleva la misma ropa y duerme cada noche en un lugar distinto. Fue eso lo que me terminó llevando al tema de la prostitución masculina. Pero la clave siempre residió en el personaje: tienes que amarle… u odiarle; pero tiene que despertar algo fuerte en ti.

La película se titula Sauvage, ¿está el personaje fuera de la sociedad?

Es indomable, no sigue las reglas de la sociedad. Quienes lo rodean intentan cambiar eso, pero él es como un animal salvaje. Y yo no lo juzgo, simplemente entiendo que hay personas para las que las reglas que conocemos no sirven. Trabajé mucho la animalidad, la figura del perro callejero que duerme en el suelo y come de la basura.

Un personaje así requería una interpretación a su altura. ¿Qué trajo Félix Maritaud a la película?

Félix trajo la mezcla idónea de fortaleza y fragilidad. Por un lado es resistente; por otro, cándido… Y eso es perfecto porque el personaje actúa como un niño pero a la vez es muy fuerte desde el punto de vista corporal. Él y yo nos entendimos muy bien respecto a un personaje cuya fuerza narrativa reside en el cuerpo y la acción, no en la psicología.

Mucho de lo que acontece en Sauvage lo hace realmente en los ojos de Félix, ¿cómo trabajasteis eso?

Hay quien cree que ese tipo de interpretación es fácil y es todo lo contrario, porque parecer natural requiere mucho trabajo y mucho tiempo. Ensayamos bastante, y entretanto Félix y yo debatimos acerca del personaje, fuimos probando cosas que lo hicieran más interesante. Con muchas tomas corres el riesgo de perder la naturalidad, pero por suerte ese no es el caso de Félix: siempre supo cómo controlar la interpretación sin dejar escapar la frescura.

No hay muchas películas sobre este tema, pero me viene a la mente Chicos del Este, de tu compatriota Robin Campillo; ¿fue una referencia?

No era una referencia porque tiene el punto de vista opuesto: es la historia de un cliente en su relación con un trabajador del sexo. Son proyectos distintos pero es cierto que son complementarios. Entre mis referencias sí estaba Flesh (Carne) (Paul Morrissey, 1968), donde Joe Dallesandro encarna a un joven yonqui adicto a la heroína; pedí al director de fotografía, Jacques Girault, que la viera porque me gustaba su imagen underground. También me interesaban el telefilm Elephant (Alan Clark, 1989), que inspiró la película homónima de Gus Van Sant, y el documental Streetwise (Martin Bell, 1984), que hablaba de adolescentes que vivían en las calles de Seattle. Además pedí a Félix que viera Rosetta (1999), porque los hermanos Dardenne son expertos en dar con el ritmo perfecto dentro del plano: han experimentado mucho para conseguir eso.

Hay escenas muy duras en la película; ¿fue también duro rodarlas?

Toda la película fue difícil de filmar. Las escenas más difíciles no suelen ser las que imaginas, porque en una escena de sexo cada actor sabe qué tiene qué hacer y cómo hacerlo, pero seguir a Félix simplemente caminando por la calle, sin que pase nada, puede ser imposible: él te pregunta qué hace y no lo sabes, pero sí sabes que falta algo. Hay que mover la cámara, cambiar la luz, y algo que debería concluirse en unos minutos lleva horas. Por otro lado, era un rodaje complicado emocionalmente para Félix porque creo que el cuerpo tiene memoria: aunque seas actor y finjas las emociones, el cuerpo es tuyo y al cabo de un rato empieza a protestar; para Félix cada día era más difícil que el anterior. Yo necesitaba su cuerpo para esta película, pero tuve que ser muy cuidadoso para no dañarlo.

Dentro de la crudeza, hay mucha ternura. Y, al final, es una historia de amor… ¿Lo fue desde el principio? 

No, al principio la película era mucho más dura, pues se centraba en la prostitución en sí, pero al conocer a jóvenes trabajadores del sexo descubrí el amor y el cariño que sienten los unos por los otros. Me emocioné mucho y supongo que cambié de perspectiva.

Esa nueva perspectiva es lo que probablemente convierta Sauvage en un clásico LGTB. ¿Tú qué opinas de poner esta etiqueta a tu película?

Es difícil contestar a esa pregunta. La película ya no es mía, cada uno puede entenderla como considere. Me encanta que la gente la vea como una película LGTB, pero para mí no lo es porque no se centra en la orientación sexual, sino en un trabajo, un tipo de vida. Son hombres, claro, pero no se explora su identidad. No filmé la película pensando en eso, sólo quería mostrar esta realidad aún tan desconocida. De todos modos, la película ha estado tanto en festivales generalistas como en certámenes de temática LGTB, y a mí me encantan estos últimos: son muy especiales y la reacción del público también lo es.

¿Cómo ha sido la reacción en general ante la película?

Honestamente, el circuito de la película ha sido maravilloso; la gente está conmovida por el personaje, y tiene muchas preguntas, que era mi meta al abordar este tema. Hay muchos espectadores que no saben qué piensan exactamente, pero siempre tenemos debates muy intensos y noto lo cercanos que se sienten al personaje.

En Francia, ¿se estrenó Sauvage en cines comerciales?

Soy muy afortunado porque la película tuvo una distribución global en mi país: estuvo en todas partes. Creo que cualquiera, siempre y cuando tenga la edad adecuada, puede ver esta película, que muestra una realidad que acontece ante nuestros ojos sin que parezcamos verla.

Decías que Sauvage ya ha dejado de ser tu película, ¿cuál lo es?

Pues, mientras escribo un nuevo guion de ficción, estoy terminando un documental en el que empecé a trabajar antes de filmar Sauvage. Trata sobre los cuerpos muertos en una ciudad como Paris y de las personas que tienen que encontrárselos cada mañana: un trabajo que nadie quiere hacer; pero, claro, alguien debe hacerlo.

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