"Si se suman dos manzanas, pues dan dos manzanas. Y si se suman una manzana y una pera, nunca pueden dar dos manzanas, porque es que son componentes distintos. Hombre y mujer es una cosa, que es el matrimonio, y dos hombres o dos mujeres serán otra cosa distinta" - Ana Botella

Flor y piel. Mapplethorpe en Málaga

mapplethorpeUn rótulo en cada entrada advierte de que algunas de las fotografías de Robert Mapplethorpe que se exponen en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga pueden herir la sensibilidad del visitante. Me estremecí ligeramente al recordar sus fotos de tortura genital en las que tanto se agradece el blanco y negro o el desafío estético del sondaje o el fist-fucking. Pero no, apenas algunos de sus penes erectos más famosos.

Encuentras representación de sus retratos, sus autorretratos, sus desnudos y su estatuaria. Y mucha flor, de ésas que él trataba como a divas ovacionadas o admiradas en silencio desde un rincón melancólico.

Mapplethorpe es artista, no fotógrafo. No positiva sus fotos y apenas si sabe cargar la cámara. Dice que no le gusta la fotografía: le gusta el objeto fotografiado… siempre es un objeto. La trascendencia se halla en el hecho de que cada una de sus imágenes es una lección de composición. La simetría, el equilibrio formal y expresivo son de libro. La luz está esperada con paciencia, pastoreada en diagonal o creando degradados que desafían el grano de la película fotográfica. De la flor queda la esencia, el ideal; del músculo su textura, la orografía de lo que una vez pudo ser mujer, hombre, ambas. Hay veces que la delicada artificiosidad de una obra la hace parecer uno de los collages con los que había empezado a expresarse décadas antes; es el triunfo de quien puede crear en un paso, de quien da un único golpe de cincel y extrae luz —y sombra— de la piedra. Él dijo muchas veces que necesariamente ha de establecerse una cierta distancia psicológica respecto al modelo para poder analizarlo, controlarlo —en su caso hasta la obsesión— y tomar de él lo que se desea. Nada de azar. Ya sea ese modelo un personaje embutido en látex, una cala o una Isabella Rosellini aún más esplendorosamente vegetal.

Los cuerpos están congelados y las estatuas parecen seres vivos recordados de sueños. La extrapolación le fascinaba. Alguien ha dicho que trataba a las flores como trataba a los hombres. Pistilos o falos, los colocaba una y otra vez hasta conseguir verter su belleza. Tan pronto los amantes de la orina, los masocas o los que habían llegado con maletín de cirujano se corrían —ya ahítos de toda sustancia disponible— ante su cámara de formato medio, los despachaba de nuevo a la calle. “Hazlo por Satán”, les decía. Pero la escatología había quedado en los setenta; llegados los ochenta, es el retrato y el cuerpo —carne, corola o mármol— los que le sirven para probarse qué es capaz de hacer con luz, un caligráfico sentido de la estética y un puñado de mandamientos que él había escrito para sí.

Aunque algo de la blasfemia permaneció: Mapplethorpe prefiere la flor cortada porque cortada ha empezado ya a morir; eso limita el tiempo en el que se puede trabajar con ella. Y trabajar significa conjugar el rigor casi taxonómico de Blossfeldt y la danza de iconos de Man Ray. Sí, da la impresión de ser siempre la mezcla —cuando no la colisión— de varios elementos (Weston, Avedon, Newton…), pero decantado, para crear el licor más puro, el umbral de lo bello.

Lo último fue saberse seropositivo y tomarse a sí mismo como una flor cortada: autorretratarse continuamente para registrar el deterioro. Pero eso no lo vamos a ver aquí. No del todo. Hasta el 15 de Noviembre disfrutemos de esta selección de obras del maestro del claroscuro contemporáneo.

Por cierto, que esta exposición está presentada como la primera ocasión en que se ve la obra de Mapplethorpe en Andalucía. Eso me hace preguntarme cómo se las arregló el Colegio de Arquitectos a mediados de los noventa para organizar una exposición de reproducciones en gran formato. A mis veintipocos años tuve la oportunidad de presenciar un espectáculo singular: alrededor de una de las obras más provocativas —una felación inmortalizada con el encuadre y la nitidez que serían necesarias para acompañar un texto explicativo— nos disponíamos una decena de espectadores. Yo me sonreía, pensando cuántos de quienes estábamos allí tomábamos nota, cuantos nos esforzábamos en fijar aquella imagen en nuestra mente para más tarde, cuántos disfrutábamos del pecado de elevar semejante intimidad a la altura de una anunciación y cuántos estábamos calculando el tiempo que debíamos permaneces allí en pie antes de pasar a la siguiente obra sin parecer mojigatos. Algún tiempo después, leí que el propio Mapplethorpe dijo en una ocasión que los gays nunca compran arte, que lo único que les interesa es ver algo bonito o algo obsceno que les sirva para hacerse una paja; Jack Fritscher, amigo y amante de Mapplethorpe, duda sin embargo en la biografía que le dedicó que nadie se haya masturbado nunca utilizando una de sus fotografías.

alfoaz

Comentarios
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