"Si se suman dos manzanas, pues dan dos manzanas. Y si se suman una manzana y una pera, nunca pueden dar dos manzanas, porque es que son componentes distintos. Hombre y mujer es una cosa, que es el matrimonio, y dos hombres o dos mujeres serán otra cosa distinta" - Ana Botella

Le niegan la indemnización por no demostrar que su encarcelamiento se debió a su condición homosexual o transgénero

Recoge su historia el diario Público. Una historia que es la de tantas y tantas personas LGTB que, cuando ni siquiera existía ese término, sufrieron sin embargo persecución y acoso por su orientación sexual o por su identidad de género. Es Enrique García, Elianne, a quien el estado niega la indemnización que le corresponde por sus seis estancias en prisión durante los últimos años de franquismo.

Fue entre 1970 y 1973. Entre su primer y segundo ingreso transcurrió solo una semana. Tenía 17 años, y padeció durante tres años una auténtica persecución que le llevó finalmente a trasladarse a Barcelona. «Pasabas por Sol, Recoletos, Gran Vía o Chueca y te detenía la policía secreta solo por tu aspecto; pero nos gustaba ir por esas zonas porque veías gente como tú y te dabas cuenta que no eras extraño», explica. La terraza del Café Gijón era un punto de encuentro habitual. «Nos quedábamos embelesados viendo a las artistas que por allí paraban», cuenta. Pero allí también llegaban las redadas. «Un día salimos corriendo y nos cogieron, a los cinco amigos, por la zona del teatro Infanta Isabel; allí nos pusieron contra la pared y nos apuntaron con metralletas; desde ahí nos llevaron primero a la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol, y después a Carabanchel», detalla.

Las detenciones no respondían a ninguna denuncia, sino al criterio de la policía franquista. «Yo salía de trabajar y me iba para mi casa; si iba haciendo amaneramientos era algo innato, no lo podía evitar y eso ya te daba un estigma», cuenta Enrique, que acabó por huir a Barcelona, donde permaneció siete años. Cuando volvió a Madrid, convertido en Elianne, era una reconocida artista del mundo del music hall. Intervino en la película Gay Club, de Paco España (1980), y actuó en emblemáticos lugares de la noche madrileña. Su apariencia era entonces femenina, aunque años después suspendió su proceso de hormonación.

El estado rechazó en 2010 su petición de indemnización, al no considerar demostrado que sus encarcelamientos fueran motivados por su condición homosexual o transgénero. Que Enrique haya sido una reconocida vedette y sus seis estancias de cinco meses y medio en total en la quinta galería de Carabanchel (donde se encerraba a homosexuales y transexuales) no parecen suficiente. Con la ayuda de la Fundación 26 de Diciembre ahora recopila nuevos documentos que le permitan recurrir. «No entendemos que la administración desconozca cómo funcionaba la Ley de peligrosidad social y cómo se aplicaba: te cogían por tu aspecto de gay, por parecerlo y por serlo, y eso lo posibilitaba esta norma, ya que tenía carácter preventivo», explica Federico Armenteros, de la Fundación 26 de Diciembre. «Han pasado unos 30 años desde la derogación parcial de esta ley pero tenemos que seguir denunciando como se sigue machacando a las personas mayores con estos impedimentos», añade. «La gente se viene abajo; y ¿cuántas personas habrá que ni sepan hacer todo el papeleo?», se pregunta el propio Enrique.

Esmeralda «la Francesa» no soportó la presión y se quitó la vida

Enrique se emociona cuando recuerda su primer ingreso en prisión. «Nadie avisaba a tu familia de tu detención, pero mi madre me buscó y me encontró en Carabanchel. Una tarde, el jefe de galería me dijo que tenía una visita; salí y vi a mi madre con mis tres hermanos. Nos quedamos todos llorando», recuerda. En su segundo ingreso coincidió con Esmeralda «la Francesa», mujer transexual que llegó a Madrid desde Francia a pasar unos días y fue detenida y encarcelada. «Su aspecto era el de una mujer alta, de pelo caoba y muy femenina», recuerda. Esmeralda salió pero volvió a ser detenida y encarcelada por segunda vez. no pudo aguantar la prisión y se quitó la vida arrojándose desde la quinta galería.

Enrique no tira la toalla y saca a relucir «toda la dignidad y el orgullo». Más allá de la cuantía de la indemnización lo que busca «que se reconozca algo que ocurrió en esa época y que no tenía que haber sucedido; yo no era un delincuente, era un trabajador al que pusieron una cruz y estigmatizaron». Un proceso que entonces hasta él aceptaba como natural. «Me metían en la cárcel por maricón y pensaba que era normal que me encarcelaran por eso». Ahora no piensa ceder hasta ver reparada su memoria.

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