EntendámonosLos chicos de la banda (The Boys in the Band) es una película estadounidense de 1970 de la que el crítico de cine, literatura y arte de dosmanzanas, elputojacktwist, escribía en 2007: “Si hay diez películas de temática gay imprescindibles, ésta es una sin duda.” Añadía además que el filme era “historia pura” por haber sido rodado “casi en las mismas fechas que los disturbios del Stonewall Inn”. Comparto ambas apreciaciones, pero discrepo de mi admirado Jack respecto de otra opinión que él mismo añadía en los comentarios a su –como de costumbre excelente– crítica de la película: “películas de temática homosexual las hay desde los inicios del cine, pero ésta es la primera del Orgullo, para entendernos”. Para mí, en cambio, Los chicos de la banda es más bien la última película de antes del Orgullo, la última película gay pre-Stonewall.

En defensa de mi punto de vista puedo alegar que aunque se estrenara meses después de los disturbios de Stonewall, el filme en cuestión es en realidad la trasposición al cine, altamente literal, de una obra teatral que los mismos actores de la película estaban representando en Broadway desde 1968; además, el verano de 1968 es precisamente el tiempo en el que se supone que tiene lugar la acción que reflejan tanto la obra de teatro como la película (en ésta última, el marco espaciotemporal queda explicitado por medio de la frase “NYC Summer 1968”, pintada en la pared de la terraza del apartamento donde transcurre casi todo el filme). Eso nos sitúa, pues, justo un año antes de Stonewall.

En mi opinión, la consideración de “última película anterior al Orgullo” se justifica también por la forma en que sus personajes gais demuestran verse tanto a sí mismos como los unos a los otros: ahí sí que el orgullo –o lo que es lo mismo, una saludable dosis de autoestima– está conspicuamente ausente. No es sólo que a partir de cierto punto la fiesta de cumpleaños que celebran se convierta en una verdadera orgía de insultos y crueldad gratuita de unos hacia otros que le hace decir a Alberto Mira (en Para entendernos) que estos personajes parece “como si todos necesitasen, de manera masoquista, ser humillados”; ni que la descarnada homofobia que demuestra uno de ellos (Alan, un supuesto hetero biempensante que en realidad probablemente sea un homo armarizado) no parezca despertar indignación alguna en los demás, ni siquiera cuando éste la emprende a puñetazos, al grito de “maricón” (“faggot!”), contra Emory, el más plumífero del grupo; es que el propio anfitrión de la fiesta, el católico Michael, se lamenta así al final de la película –instantes antes de irse a misa–: “si al menos lográramos aprender a no odiarnos a nosotros mismos tanto, tanto…”

Además, éste es el mismo Michael que el cáustico Harold (el gay feo y judío cuyo cumpleaños celebraba el grupo) había llamado en su cara unos minutos antes “un hombre triste y patético” que, siempre según Harold, era homosexual y no quería serlo, y sin embargo estaba condenado a seguir siéndolo toda su vida, pues ni su dios ni su psicoanalista le iban a librar jamás de ello. Y es también el mismo Michael que, tras una crisis emocional provocada por las duras palabras de Harold, logra recobrar el aplomo al recordar la máxima, para él irrebatible, de que no existen los homosexuales felices: “Muéstrame un homosexual feliz”, le dice a su amigo Donald, “y yo te enseñaré un cadáver alegre”. Frase que en inglés aparece aún más cargada de homofobia, puesto que en ella Michael usa la palabra “gay”: “a gay corpse”, es decir, “un cadáver alegre/marica”.

En el mundo de después de Stonewall, Los chicos de la banda fue rechazada por muchos activistas LGTB, precisamente por no ver en ella una representación de la homosexualidad que estuviera en consonancia con esa nueva autopercepción positiva de los gais y lesbianas surgida en Occidente a partir de 1969 y que hemos llamado el orgullo. Sin embargo, el autor del texto, Mart Crowley, lo defendía en la película de 1995 El celuloide oculto (The Celluloid Closet) de este modo: “Yo conocía a mucha gente así. Ese humor cruel para con uno mismo surgía de una baja autoestima, de la constatación de lo que la época te decía sobre ti mismo.” En otras palabras: de la homofobia interiorizada. Y es que en los años 60, seguía Crowley, “la homosexualidad estaba aún clasificada como enfermedad mental. Si ibas a un bar gay te arriesgabas a que te detuvieran en caso de que la policía hiciera una redada en el local. No eran sólo prejuicios, sino también las leyes, lo que iba contra tu ser, contra el núcleo de tu ser.”

Creo que estas palabras del autor de Los chicos de la banda nos dicen algo valioso sobre su obra teatral y sobre la película que William Friedkin realizó a partir de ésta. Se trata de una obra escrita en vísperas de Stonewall, cuando el orgullo LGTB no asomaba aún por el horizonte; en ella, sin embargo, podemos ver reflejado el orgullo en negativo, a través de su misma ausencia. Sus personajes nos presentan con toda crudeza la alternativa al orgullo: la amargura, la desesperación y la crueldad hacia uno mismo y hacia los demás que nacen de la falta de autoestima, de la interiorización (a menudo inconsciente) de la homofobia ambiental.

Por esta razón, Los chicos de la banda, aunque puede ser vista como un testimonio de una época que, afortunadamente, ya no es la nuestra, sigue siendo relevante para nosotros. Porque la homofobia ambiental sigue estando ahí, a nuestro alrededor, y por lo tanto seguimos expuestos a interiorizarla… incluso sin ser conscientes de ello.

Nemo

Otras columnas de la sección “Entendámonos” aquí.