"Si se suman dos manzanas, pues dan dos manzanas. Y si se suman una manzana y una pera, nunca pueden dar dos manzanas, porque es que son componentes distintos. Hombre y mujer es una cosa, que es el matrimonio, y dos hombres o dos mujeres serán otra cosa distinta" - Ana Botella

Delirios y aeropuertos

Desayuno en Urano

Hay días en los que uno no escribe fino ni con el BIC naranja, ya advierto (y eso que hoy celebramos el Desayuno en Urano número 100 en este nuevo formato de la web). Lo mejor de todo el caos producido por el cierre del espacio aéreo (sí, yo también estuve allí) no es que vaya a dejar de gastar dinero en volar ahora que no puedo evitar pensar que mi vida está en manos de algún controlador aéreo estresadísimo, balbuceante, caprichoso y llorica, que no puede soportar ver avioncitos acercarse por su pantalla de videojuegos sin que su estabilidad mental peligre (aunque pienso comprar billetes de Ryanair por 5 euros para todos los puentes que pueda, para poder reclamar daños morales en caso de nuevas huelgas), sino haber podido dedicar cuatro o cinco horas de estrés aeroportuario a la lectura de Tocando tierra de Emma Donoghue (Editorial Egales, libro cedido por Berkana) Una historia de amor a distancia, de esas que ahora se dan tanto, una low-cost story (todo por la culpa de los vuelos baratos, que hace que se enamoren personas que en vez de contar kilómetros cuentan usos horarios). Jude coge un avión para ir a buscar a su madre a Inglaterra y tras una luctuosa historia, queda prendada de Síle, una bellísima azafata indio-irlandesa. Jude es de campo (pero muy de campo) y Síle de ciudad (pero muy de ciudad), Jude es joven (no tan joven) y Síle madurita (no tanto), Jude está casada con un paleto que ahora es su amigo y Síle vive con su novia, Jude está en Irlanda (Ontario) y Síle en Irlanda (en Irlanda Irlanda, vamos): o sea, una putada detrás de otra que sólo el amor y las low-cost podrán evitar. La traducción, excelente, es de Alberto Mira. Mientras vuelvo a casa en metro con la maleta intacta sin saber si podré irme mañana, al otro o nunca más, pido a Dios que César Cabo no salga nunca del armario (si es que es gay, que no lo sé), porque ya es lo que nos faltaba.

Me llamó la atención el que muchos de nuestros lectores eligieran entre sus películas favoritas del año Yo soy el amor (Italia, 2009, de Luca Guadagnino), tanto que llegó a clasificarse en la lista de las cinco mejores. Yo no le había prestado demasiada atención, pero he caído rendido a su ¿encanto? Es difícil hablar de Yo soy el amor sin tomárselo a broma: creo que es una de las mejores peores películas de la historia del cine (y eso no es fácil) Una rusa (interpretada por Tilda Swinton, que aguanta casi las dos horas de película sin descojonarse, todo un reto) casada con un potentado italiano ve cómo su mundo se tambalea cuando un cocinero barbudo de esos de camiseta sudorosa y gayumbos blancos de dos euros aparece en su vida (o en la de su hijo, que uno nunca sabe en esta película quién es el que exuda delirios de placer prohibido) Como si Visconti se hubiera tomado tres tripis, las cámaras recorren una y mil veces los suntuosos salones, esas puertas correderas que las sirvientas abren y cierran (animo a los valientes a contar cuántas veces lo hacen), los platos de la cena que circulan entre los comensales… En cuanto a las escenas subiditas de tono ¡no había visto nada tan divertido desde Emmanuelle negra! Pasolini debería resucitar de su tumba para ver esto. Además, una de las hijas es lesbiana y todo el mundo se empeña en tocarle el pelo como si en vez de lesbiana fuese mongólica. Un puro delirio neobarroco de escenas vergonzantes que harían vomitar al propio Arcimboldo. Un puro festín para bulímicos, un delicioso placer culpable, un batiburrillo operístico ya desde el mismo título, que hace referencia a una frase de La mamma morta, el aria que sonaba en Philadelphia. Y una música horrísona que no podré olvidar mientras viva, y esos sangrientos flashbacks de la infancia rusa, llenos de cúpulas con forma de cebolla, y ese indio que intenta explicar que no es un indio de Norteamérica… Alguno de los diálogos (que me he aprendido de memoria), pasarán a la historia del cine (y a mi historia personal: mi pobre marido no puede soportar que los escenifique más veces) En cuanto a la clasificación con estrellas, me debato entre cero y cinco. Creo que alguien debería programar visionados conjuntos y teatralizados de esta película en plan Rocky Horror Picture Show. ¿Se agotarán las bragas de color carne y los gayumbos blancos?

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