"Si se suman dos manzanas, pues dan dos manzanas. Y si se suman una manzana y una pera, nunca pueden dar dos manzanas, porque es que son componentes distintos. Hombre y mujer es una cosa, que es el matrimonio, y dos hombres o dos mujeres serán otra cosa distinta" - Ana Botella

Joseph Ratzinger renuncia: adiós a un pontificado marcado por la homofobia

Joseph Ratzinger, el teólogo alemán que ha ejercido como Papa estos últimos ocho años bajo el nombre de Benedicto XVI, ha presentado su renuncia argumentando que por su edad ya no se encuentra con fuerzas para ejercer adecuadamente su ministerio. Una noticia sin duda inesperada -no se producía una renuncia papal desde hace seis siglos– que está dando lugar a multitud de análisis, más o menos críticos, pero casi todos marcados por las alabanzas a su talla intelectual. Por lo que a la realidad LGTB se refiere, lo cierto es que la renuncia de Ratzinger supone la desaparición de la escena pública de uno de los personajes más tenebrosos, inmorales y dañinos de los últimos años.

No nos corresponde analizar el papel que Ratzinger ha desempeñado en una iglesia católica marcada por múltiples escándalos, muy singularmente la ocultación de cientos de casos de abusos sexuales a menores protagonizados por clérigos católicos, y que por mucho que algunos vean ahora en el alemán a un Papa que ha intentado ser transparente, él mismo contribuyó a ocultar en el pasado. Pero sí que podemos hacer balance de lo que su pontificado ha supuesto desde el punto de vista LGTB, y desde luego en este ámbito solo hemos conocido sombras. Hasta sus últimos días como papa, la aversión de Ratzinger hacia la diversidad sexual ha formado parte nuclear de su discurso. Baste recordar su alocución de hace solo unas semanas ante el colegio de cardenales, en la que con guante de terciopelo atacó con dureza la supuesta ideología de género que a su juicio sustenta las reivindicaciones de homosexuales y transexuales, o la inclusión pocos días antes del matrimonio entre personas del mismo sexo como uno de los elementos que a su juicio amenazan la paz mundial. Y es que, si nos atenemos a sus múltiples intervenciones públicas durante todos estos años, Ratzinger parece haber querido hacer de la oposición a los derechos LGTB, y muy singularmente al matrimonio igualitario, uno de los ejes fundamentales de la acción católica.

Discriminador dentro de la iglesia…

Por lo que al interior de la propia iglesia se refiere, resultan muy ilustrativas las opiniones de Ratzinger que recogíamos en noviembre de 2010 con motivo de la publicación de Luz del mundo. El Papa, la Iglesia y el signo de los tiempos (libro que recogía veinte horas de entrevista entre el Papa y el periodista alemán Peter Seewald). Ratzinger reconocía entonces que la homosexualidad “también existe en la iglesia” y sostenía que las personas con “tendencias homosexuales profundamente enraizadas” tienen que superar “una gran prueba”. Ratzinger afirmaba que que los homosexuales son “personas que no deben ser discriminadas” aunque no por ello “la homosexualidad pasa a ser moralmente justa, sino que queda como algo que está contra la naturaleza de aquello que Dios ha querido originariamente”. El Papa reiteraba entonces que la homosexualidad y el sacerdocio católico eran incompatibles e insistía en que los candidatos al mismo deben ser elegidos cuidadosamente para evitar que homosexuales puedan ser finalmente ordenados. Admitía que de todas formas hay sacerdotes homosexuales, pero les pedía que “por lo menos” no manifiesten su orientación sexual “de manera activa”.

Una posición intolerante sobre lo cual la dirección vaticana ha insistido a través de la publicación de varios documentos. Ya en 2006 Ratzinger daba vía libre a la instrucción “sobre los criterios de discernimiento vocacional concernientes a las personas con tendencias homosexuales en vistas a su admisión al seminario y a las Órdenes Sagradas” en el que se negaba el acceso al sacerdocio a “aquellos que practican la homosexualidad, presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o apoyan la así llamada cultura gay”. Dos años más tarde, un nuevo documento en el mismo sentido, titulado “Orientaciones para el uso de las competencias de la psicología en la admisión y en la formación de los candidatos al sacerdocio” reincidía en este tema, al establecer que quienes tengan un identidad sexual “incierta, tendencias homosexuales fuertemente radicadas o dificultad para vivir la castidad en el celibato no podrán ser sacerdotes”.  Como novedad, este documento señalaba que los rectores de los seminarios pueden recurrir a exámenes psicólogicos para detectar “tendencias homosexuales fuertemente radicadas” así como que el camino formativo “deberá ser interrumpido” en el caso en el que el candidato a pesar de “su esfuerzo, el apoyo del psicólogo o de la psicoterapia continuase manifestando incapacidad para afrontar sus graves problemas de inmadurez”. El documento establecía, como curiosidad, que los sacerdotes tienen que tener un “sentido positivo y estable de la propia identidad viril”.

… y discriminador fuera de ella

Pero más allá de la discriminación de las personas homosexuales dentro de la iglesia, si por algo se ha caracterizado el pontificado de Ratzinger ha sido por su activa oposición a cualquier avance en materia de derechos LGTB en la legislación civil. Los ejemplos son tantos que resulta imposible enunerarlos todos. Allí donde se discutía un avance, por pequeño que fuera, allí que la jerarquía católica actuaba para oponerse. Si en la India se discutía la despenalización de la homosexualidad, la iglesia católica se oponía. Si en Chile se discutía la aprobación de una muy tímida ley de uniones civiles, la iglesia católica se oponía. Si en España, Francia o Reino Unido se discutía la apertura del matrimonio a las parejas del mismo sexo, la iglesia católica se oponía promoviendo incluso manifestaciones multitudinarias con una fiereza jamás vista a la hora de reivindicar la justicia social o la lucha contra la pobreza.

Pero si tenemos que escoger un ejemplo de la acción homófoba de la iglesia católica bajo el pontificado de Ratzinger, nos quedamos con lo sucedido en diciembre de 2008, cuando una serie de países promovieron en la Asamblea General de Naciones Unidas una histórica declaración pidiendo la despenalización universal de la homosexualidad. Esto es, que en ningún país del mundo nadie tenga que ser castigado a muerte, ir a la cárcel o tener que pagar una multa por vivir libremente la homosexualidad. La Santa Sede lideró entonces la oposición al documento, firmado entonces por 66 países. Ni los países de mayoría musulmana, ni Estados Unidos (que se sumó posteriormente, tras la primera victoria electoral de Barack Obama) ni Rusia ni China quisieron estampar su firma. «La Santa Sede no está sola, se llegó a vanagloriar el director de la oficina de prensa vaticana, Federico Lombardi. Por no mencionar la oposición vaticana, en julio de 2011, a otra histórica resolución sobre la orientación sexual e identidad de género aprobada por el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, con sede en Ginebra, que por primera vez condenó de forma expresa los actos de violencia y discriminación en cualquier lugar del mundo por razón de orientación sexual e identidad de género.

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